El Silencio del Cazador de Martín Desalvo. Critica

Luego de varias postergaciones, llega a los cines la esperada película protagonizada por Pablo Echarri, Mora Recalde y Alberto Ammann.

Pablo Echarri se pone en la piel de un guardaparque encargado de cuidar la selva misionera.

De la nueva generación de directores, Martín Desalvo es de los más promisorios. Capaz de meterse en el cine de terror de vampiros con su ópera prima El Día Trajo La Oscuridad, en el terreno político con Unidad XV, hasta la comedia con El Padre de mis hijos, incursiona en terrenos dispares que lo llevan a no quedar encasillado en ningún género. En virtud de los antecedentes, era de esperar que su película tenga una perspectiva totalmente diferente a lo anterior, en este caso con una suerte de thriller-western contemporáneo en la profundidad de la selva misionera.

Esta vez, el director nos trae la historia de Ismael Guzmán (Pablo Echarri), un guardaparques de una selva misionera cada vez más amenazada por la deforestación. Pese a la prohibición existente de ingresar en el monte para la caza, son varios los que suelen incumplirla. Uno de ellos es Orlando “El Polaco” Venneck (Alberto Ammann), un terrateniente de una de las familias tradicionales de colonos de la zona acostumbrado a la impunidad de los poderosos. Ismael está próximo a reemplazar a su jefe, Agosto (César Bordón), en la supervisión de ese destacamento y es impiadoso con los cazadores furtivos. Pero ese no es el único problema que enfrentará, Sara Voguel (Mora Recalde), su pareja y médica rural de la clínica rural, supo ser la novia juvenil de El Polaco y este aún quiere conquistarla.

En ese terrreno, la lucha por el dominio del territorio, no solo está presente en la espesura de la selva misionera y el intento por evitar su deforestación, también está planteado dentro de las relaciones humanas, construidas desde una lógica hetero-patriarcal. El enfrentamiento entre Ismael y El Polaco no solo es por la caza ilegal también por una mujer que cada uno cree que es de su propiedad. Dentro de ese esquema, el director construye la imagen del héroe con un pasado de sacrificios (el padre era peón del acaudalado padre del Polaco) contra el terrateniente poderoso que creé en su propia ley.

Los roles de «el bueno y el malo» están marcados, a pesar de sus matices. En ese terreno, Pablo Echarri y Alberto Ammann (NarcosCelda 211), se lucen en sus papeles. Los dos protagonistas masculinos transmiten la rudeza, la violencia y el resentimiento necesario en cada una de sus miradas, lo que hace que sus encuentros estén marcadas por una tensión insoportable que irá in crescendo a medida que el film avance. De la misma manera que Mora Recalde en su papel de la solidaria doctora de las tribus originarias, que deberá lidiar como intermediaria en una situación que poco a poco se tornará inmanejable.

Personajes creíbles, la diferencia de clases, el poder simbólico de la tierra roja misionera como preludio de la sangre que está por venir y la cámara inquieta del director; El Silencio del Cazador funciona perfecto como un western moderno que se apoya en elementos clásicos del género pero cuya temáticas sobre el cuidado del medio ambiente y la crítica al machismo predominante la hacen contemporánea. Dejando como resultado un thriller social con un desenlace donde la aparición de lo más primitivo del ser humano, funciona ideal para el concepto general del film, aquel que dice que la violencia no soluciona nada.

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