Camina o Muere: Stephen King bajo la mirada sobria de Francis Lawrence

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Este jueves se estrena en cines argentinos, la adaptación cinematográfica de la clásica novela del escritor de Carrie, Cementerio de Animales y El Resplandor.

Francis Lawrence, después de su paso por Los juegos del hambre, se adentra nuevamente en el terreno de las distopías con la adaptación de La larga marcha, una novela temprana de Stephen King escrita bajo el seudónimo de Richard Bachman. El desafío no era menor: trasladar al cine una historia cuya acción se limita a caminar sin detenerse, hasta que solo uno de los cincuenta concursantes sobreviva. Para lograrlo, el director se apoya en un elenco joven encabezado por Cooper Hoffman, David Jonsson, Judy Greer, Charlie Plummer y un Mark Hamill en rol secundario.

La premisa no se anda con rodeos: cincuenta adolescentes inician una caminata interminable bajo la amenaza constante de la ejecución si reducen el ritmo. El único incentivo es un premio final —un deseo concedido por el gobierno— que nunca llega a justificarse con claridad. Esa ambigüedad, lejos de resolverse, se convierte en marco para el verdadero interés del film: observar cómo se forjan y desgastan los vínculos humanos en medio de la resistencia física y emocional.

Ray Garraty (Hoffman) se erige como el núcleo de la narración: un joven introspectivo que se transforma en líder moral pese a su fragilidad interior. Su lazo con Pete (David Jonsson) sostiene gran parte de la película y remite inevitablemente a Cuenta conmigo, otra obra de King sobre la amistad y el descubrimiento personal en la ruta. Hoffman aporta sensibilidad contenida, mientras que Jonsson confirma el gran momento de su carrera tras Industry y Alien: Romulus. En contraste, el Barkovitch de Charlie Plummer, personaje con potencial explosivo, queda menos aprovechado.

The Housemaid. Photo Credit: Evan McKnight/Lionsgate

En lo visual, Lawrence apuesta por un realismo despojado. A diferencia de la grandilocuencia política de Los juegos del hambre, aquí la distopía se sugiere apenas con destellos: un convoy militar comandado por un Mark Hamill caricaturesco y breves recuerdos de los protagonistas. El resto es puro desgaste físico: cuerpos arrastrándose en carreteras interminables, enmarcados por paisajes rurales que evocan la mirada fotográfica de William Eggleston. Esa belleza bucólica contrasta con la crudeza de las ejecuciones, mostradas con violencia explícita que corta el aire de calma.

Sin embargo, el guion de JT Mollner tiene falencias. Algunas ideas se abren y nunca se cierran —las transmisiones televisadas, un detalle crucial con el calzado de un participante—, y la repetición inherente a la historia termina extendiéndose también al ritmo narrativo. El final, por su parte, llega con demasiada previsibilidad, diluyendo el impacto que podría haber tenido una resolución más incómoda o enigmática.

Con todo, Camina o Muere consigue capturar la esencia del relato de King: jóvenes condenados a sacrificar su futuro en nombre de un espectáculo sin sentido, donde la ternura es efímera y la violencia, inevitable. Funciona como una suerte de road movie sin destino y como un relato bélico sin guerra, en el que lo humano se vuelve tan frágil como cada paso dado. Su mayor fortaleza está en las actuaciones de Hoffman y Jonsson, que logran sostener la tensión allí donde el guion flaquea.

No es una obra mayor dentro del universo King ni del cine de Lawrence, pero sí una adaptación sobria y cruel, capaz de dejar momentos de intimidad y un retrato implacable de la crueldad institucional. Camina o Muere recuerda, al fin y al cabo, que en las distopías de King el terror rara vez proviene de monstruos sobrenaturales: está en los sistemas que normalizan la violencia y en la vulnerabilidad de los que intentan sobrevivir dentro de ellos.

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