Filmada en la ciudad de La Plata, se sumó al catálogo de Max, la película protagonizada por Ester Expósito.
Andrea es una estudiante universitaria en Madrid. Camila, una joven queer en La Plata. Marie, una extranjera sin rumbo, atrapada entre ambas. Tres mujeres unidas por algo que las desborda: un lamento, una figura, una presencia que se manifiesta donde nadie quiere mirar. Ese es el punto de partida de El Llanto, ópera prima de Pedro Martín-Calero, coescrita con Isabel Peña, que se despliega en tres tiempos, tres geografías y una sola inquietud: ¿quién escucha a las mujeres cuando advierten el horror?
Desde los primeros minutos, El Llanto se instala con firmeza en el terreno del llamado “terror elevado”, pero no desde la pomposidad ni el manierismo. Lo hace con inteligencia formal y precisión emocional, alternando géneros, climas y tonos. Cada bloque propone un código distinto, pero el hilo invisible que los une es el mismo: la experiencia de la mujer desoída, el cuerpo como campo de batalla y un grito que nadie escucha.

La historia comienza con Andrea (Ester Expósito), inmersa en una rutina hipertecnologizada donde todo lo íntimo pasa por pantallas. Pero la amenaza entra por ese mismo canal: una figura apenas perceptible irrumpe durante una videollamada. Andrea intenta dar aviso, pero nadie le cree. Ni su novio Pau, ni su entorno académico. La cámara de Martín-Calero la encierra en una arquitectura helada, de líneas perfectas y emociones clausuradas. El miedo crece en silencio, y cada plano acentúa su desconexión emocional con el mundo.
Después, la historia se traslada veinte años atrás. Camila (Malena Villa) vive en una ciudad distinta, pero la sensación de amenaza es la misma. Estudia cine en La Plata, filma todo lo que la interpela, y un día, comienza a seguir con su cámara a Marie (Mathilde Ollivier), una francesa en apariencia perdida. Lo que empieza como atracción se vuelve obsesión, y lo que parece un gesto estético se transforma en peligro. Marie también escucha el lamento. El mismo. El que nadie quiere oír.
La última parte del film, ya completamente tomada por lo pesadillesco, coloca a Marie en el centro. Es ahora ella quien carga con el espanto. Y es su punto de vista el que revela que el monstruo no es sobrenatural, sino estructural. El horror no es una criatura: es una forma de mirar, de ignorar, de anular. Marie, convertida en voz y cuerpo del trauma, atraviesa un descenso sin retorno. El silencio —intenso, denso— se vuelve una estrategia narrativa. Y el sonido —ese lamento, omnipresente—, la marca de lo que no se resuelve nunca.
La apuesta estética es total. Fotografía de Constanza Sandoval, sonido quirúrgico, apagones visuales, geometrías opresivas. No hay sangre, pero hay horror. No hay sustos fáciles, pero sí una tensión constante que se vuelve casi física. Todo el diseño está puesto al servicio de una narrativa que trabaja con capas simbólicas: la vigilancia, la sospecha, la negación.
En términos de referencias, El Llanto dialoga con lo mejor del horror feminista contemporáneo (Saint Maud, Relic, La bruja) y con propuestas como Host, pero con una identidad visual y temática propia. Un film que trabaja el miedo no como elemento externo, sino como herencia cultural y social. Sin moraleja ni cierre tranquilizador, se impone como una experiencia sensorial y política. No busca explicar. No quiere justificar. Solo pone en escena un estado de angustia colectiva que tiene siglos. Y al hacerlo, convierte al terror en una forma de resistencia.