El Vengador Tóxico: cuando el mal gusto se vuelve resistencia

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Se encuentra disponible para ver on line, la nueva versión del clásico film del Troma de los años 80.

Hay películas que no buscan pulirse, sino contaminar. El Vengador Tóxico, dirigida por Macon Blair, pertenece a esa estirpe de criaturas que emergen del subsuelo del cine para recordarnos que lo feo, lo torpe y lo grotesco también pueden tener corazón. Tras su recorrido por festivales y mitologías del fandom, la nueva versión del clásico de Troma no intenta esconder sus costuras: las muestra con orgullo, como una cicatriz luminosa de una época donde el exceso era un gesto político.

Blair entiende la esencia del caos. Sabe que homenajear a Troma no es imitarla, sino ensuciarse con la misma libertad con la que Lloyd Kaufman reventaba cuerpos de goma en los ochenta. Pero aquí el caos tiene contornos más nítidos. Hay un intento de orden, de diseño, que suaviza la suciedad original. Lo que antes era pura anarquía ahora se vuelve una coreografía de vísceras. Divierte, pero también delata una cierta nostalgia por un descontrol que ya no existe.

Peter Dinklage encarna a Winston Gooze con una mezcla entre ternura y repulsión. Su mutación en justiciero tóxico tiene el pulso de un cuento de freaks más que de un superhéroe: un marginado que se vuelve monstruo para enfrentar un mundo todavía más monstruoso. A su lado, Jacob Tremblay y Taylour Paige aportan humanidad dentro de la tormenta, mientras Kevin Bacon y Elijah Wood se entregan al goce del ridículo absoluto. Blair logra un elenco que se mueve entre la sátira y el cartoon sangriento.

El guion apuesta a la simplicidad: un obrero humillado, un accidente químico, una venganza radioactiva. Pero lo interesante no está en la historia sino en su textura. La película vibra entre la comedia negra y la farsa gore, entre el sketch grotesco y la denuncia apenas insinuada contra la corrupción corporativa. Cuando intenta ponerse seria, se desinfla; cuando asume su condición de “basura consciente”, brilla.

Visualmente, El Vengador Tóxico tiene energía y oficio, pero también una limpieza que contrasta con el barro que evoca. Los efectos prácticos, deliciosamente toscos, conviven con una fotografía más cuidada que descoloca: es demasiado linda para un mundo que debería oler a cloaca. Esa contradicción es parte de su encanto, pero también de su problema: la película quiere ser sucia, pero ya nació bañada.

En definitiva, Blair filma un homenaje con espíritu, pero también con cierta prudencia. El Vengador Tóxico se disfruta más como rito que como relato, como una exhumación festiva del espíritu Troma antes que como una verdadera reinvención. Es absurda, excesiva y felizmente desagradable; un recordatorio de que el mal gusto sigue siendo una forma de resistencia cultural. Aunque esta vez, el veneno venga servido en copa de cristal.

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