Exterminio- El templo de huesos: el mundo después del fin

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Este jueves se estrenó en cines la continuación de la saga de apocalipsis zombie creada por Danny Boyle y Alex Garland.

En Exterminio: El templo de huesos el apocalipsis no es una novedad. Pasó hace rato. La infección sigue existiendo, claro, pero ya no es el verdadero problema. Lo inquietante es todo lo que vino después: qué hizo la humanidad cuando entendió que no había vuelta atrás. Con Nia DaCosta en la dirección y Alex Garland otra vez a cargo del guion, la saga deja atrás el impacto inicial y se mete en un terreno mucho más incómodo: el de las creencias, el poder y la violencia ejercida sin culpa.

La decisión más fuerte de la película es sutil pero decisiva: los infectados pasan a un segundo plano. No desaparecen, pero dejan de marcar el ritmo. Están ahí, como parte del paisaje, como un ruido constante. El foco se corre hacia los sobrevivientes y las formas —cada vez más extremas— que inventan para darle sentido a un mundo sin reglas. En ese movimiento, El templo de huesos no solo refresca la franquicia: la transforma.

Ese cambio abre la puerta a uno de los personajes más raros y atractivos de toda la saga. Ralph Fiennes interpreta al doctor Ian Kelson, una figura difícil de encasillar, a mitad de camino entre la fe, la ciencia y el delirio. Vive rodeado de huesos, levantando un osario que funciona como archivo de los muertos y, al mismo tiempo, como un intento desesperado de que algo de todo esto no se pierda del todo. Su cuerpo manchado de yodo, su manera casi ceremonial de hablar y su relación con Sansón —un infectado alfa al que trata con una calma inquietante— lo vuelven fascinante. Kelson no parece un loco tradicional: parece alguien que encontró una forma de seguir funcionando cuando la cordura dejó de servir.

En el extremo opuesto aparece Sir Lord Jimmy Crystal, encarnado por un Jack O’Connell feroz. Si Kelson representa una espiritualidad torcida pero reflexiva, Lord Jimmy es el carisma del horror en estado puro. No gobierna desde el miedo, sino desde el discurso. Predica la violencia, la vuelve doctrina. O’Connell entiende que el peligro del personaje no está en el exceso, sino en su lógica: todo lo que hace tiene sentido dentro de su propio sistema, y eso lo vuelve aterrador.

El posible cruce entre Kelson y Lord Jimmy es el corazón de la película. No hay héroes ni villanos claros, sino dos formas distintas —e igual de inquietantes— de reorganizar el mundo después del desastre. Garland y DaCosta trabajan muy bien el poder de las palabras: Lord Jimmy llama “caridad” a la tortura, convierte el abuso en ritual y la crueldad en fe. En paralelo, Kelson se enfrenta a otra pregunta incómoda: ¿Qué valor tiene la ética cuando ya no hay consentimiento ni lenguaje posible? La película sugiere algo perturbador: el derrumbe moral no llega con el virus, sino con las palabras que usamos para justificar lo que hacemos.

En medio de estas fuerzas aparece Spike, el personaje de Alfie Williams, el ancla emocional del relato. Demasiado chico para entenderlo todo, demasiado expuesto para mantenerse al margen. Williams logra un equilibrio muy preciso: su vulnerabilidad sigue ahí, pero se va resquebrajando escena a escena, obligada por un mundo que no da opciones.

En lo visual, DaCosta se aleja del nervio frenético de Danny Boyle. Junto a Sean Bobbitt, construye una puesta más contenida, más opresiva, casi ritual. El humor aparece de costado, en momentos extraños: una canción fuera de lugar (mucho Duran Duran y uno sublime con Iron Maiden), un montaje inesperado, una relación que roza lo absurdo y lo tierno a la vez. No busca impactar desde la forma, sino incomodar desde las ideas.

Exterminio: El templo de huesos no quiere asustar con infectados, sino con lo que somos capaces de hacer sin un mundo que nos mire. Es una película oscura, dura y, a su manera, profundamente humana. Un recordatorio incómodo de que el verdadero terror no está en el fin de la civilización, sino en lo rápido que aprendemos a reorganizarla para seguir siendo violentos. Que Danny Boyle vuelva para la próxima entrega genera expectativa, sí, pero también deja flotando una pregunta inevitable: después de un espejo así, ¿se puede mirar para otro lado?

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