Este jueves se estrena en cines la película de Josh Safdie, que le valió el Globo de Oro a mejor actuación masculina a Timothée Chalamet.
Inspirada libremente en la vida de Marty Reisman —estafador carismático, jugador de ping-pong, habitué de las estrellas y leyenda marginal del deporte—, Marty Supremo, la nueva película de Josh Safdie, se mete en el costado menos glamoroso de un talento inclasificable. Weisman fue, en la vida real, el ganador más veterano de un Abierto de ping-pong, consagrándose a los 67 años. Acá, la película decide ir más atrás, mucho antes de la gloria, cuando todavía era apenas un pibe con hambre y obsesión.
Timothée Chalamet, con mucho acné y bigotito a lo Pepe Argento (incluso arranca trabajando de zapatero) interpreta a ese joven Martin, rebautizado como Martin Mauser, en los días previos a su primer gran objetivo: llegar al Abierto de Japón y enfrentarse a Keto Honda (interpretado por el jugador profesional Koto Kawaguchi). El film recorre su mundo precario, hecho de apuestas clandestinas, pequeñas estafas, changas dudosas y una necesidad desesperada de juntar 1500 dólares para poder competir. Todo lo que viene después es puro Safdie: adrenalina, humor burlón y un relato que avanza siempre al borde del desastre.
Hay un cómplice de aventuras (interpretado por Tyler The Creator), una pareja embarazada que acompaña (y sufre) (Odessa A’zion), mafiosos (uno de ellos interpretado por Abel Ferrara), multis millonarios (Kevin O’Leary, el más destacado), una veterana estrella de Hollywood (Gwyneth Paltrow) granjeros, una madre mentirosa que alucina enfermedades (Fran Drescher), un perro que se cruza cuando menos debería, y una seguidilla de peripecias tan absurdas como entrañables. La película no busca solemnidad ni épica clásica: encuentra su fuerza en el exceso, en la velocidad, en la obsesión de un tipo que solo quiere jugar ping-pong al más alto nivel, cueste lo que cueste.

La música —con guiños ochentosos (New Order, Peter Gabriel, Alphaville y Tears For Fears) y sintetizadores que explotan en las escenas deportivas— potencia partidos filmados con una energía arrolladora. Los encuentros de ping-pong son impresionantes, vibrantes, casi coreografiados, y confirman que Josh Safdie entiende el deporte como espectáculo cinematográfico.
Marty Supremo es divertida, eléctrica, profundamente marginal, se planta como una de las mejores películas deportivas de los últimos años. No por hablar de campeones consagrados, sino por contar la historia de un obsesivo, un outsider, un tipo irritante y arrogante que solo quiere llegar a la mesa correcta y demostrar que pertenece ahí.