En la Competencia Latinoamericana de Largometrajes del Festival de Mar del Plata, se proyectó la película brasilera de Filipe Matzembacher y Marcio Reolon.
En Night Stage, el deseo late como un motor, pero también como un arma. Matías (Gabriel Faryas) es un joven actor de 23 años de una obra muy popular en el estado de Porto Alegre. Sueña con dar el salto a una producción nacional, llegar a una señal grande de Brasil, y escapar de un circuito local que ya le quedó chico. Ese impulso lo empuja, pero también lo expone.
Por las noches, Matías mantiene una relación secreta con Rafael Menéndez (Cirillo Luna), un político joven y carismático que aspira a convertirse en el próximo alcalde. Sus encuentros son un refugio de deseo y riesgo: disfrutan la adrenalina de tener sexo en espacios públicos, convencidos de que lo prohibido intensifica cada contacto. Pero detrás del juego late algo más delicado: la doble vida de un hombre que, como figura pública, no puede darse el lujo de ser descubierto.
Ahí es donde Night Stage empieza a coquetear con una idea potente: la responsabilidad —y el peligro— de ser una figura pública, y cómo la exposición, el poder y el deseo pueden volverse una mezcla letal. Cuando la candidatura de Rafael empieza a tomar fuerza real, todo se complica. Su custodia personal (Ivo Muller) observa esa relación como una amenaza directa a la campaña y a los intereses de los inversionistas que lo respaldan. La intimidad deja de ser un espacio seguro: ahora es una vulnerabilidad política.

A eso se suma Fabio (Henrique Barreira), amigo personal de Matías, compañero de habitación y parte del staff de la obra. Lo quiere, lo cuida… pero también le tiene envidia. Su propio estancamiento profesional empieza a contaminar el vínculo con Matías, generando una tensión silenciosa que, tarde o temprano, encontrará una salida violenta. Cuando todas estas líneas se tensan —la ambición política, la relación clandestina, los celos profesionales y el acecho de la seguridad de Rafael— la película entra en su mejor registro: un espiral de violencia, manipulación y paranoia que no deja a nadie intacto.
El film juega con los códigos del thriller erótico y del thriller psicológico, con claras resonancias a Brian De Palma: cuerpos observados desde la sombra, cámaras que espían, pasillos donde siempre parece haber alguien más. La estética de fiestas electrónicas, luces estroboscópicas y bailes psicodélicos funciona como un trance: ahí los personajes se sueltan, se pierden y, en el camino, muestran su verdadera cara. Ese pasaje del deseo al peligro, del placer a la amenaza pública, está trabajado con precisión. La película entiende que el poder convierte el deseo en un riesgo, y que cualquier desliz puede destruir carreras, familias o vidas enteras.
Night Stage es un thriller que mezcla ambición, sexo, violencia y exposición mediática sin miedo a caer en el exceso. Y cuando se permite ser plenamente eso —sucio, estilizado, revulsivo— alcanza momentos de verdadera intensidad. Un descenso brasileño, oscuro y retorcido, hacia los límites del deseo y de lo que significa ser visto.