Este jueves se estrena en cines argentinos, la nueva película del aclamado director norteamericano, protagonizada por Dylan O´Brien y Rachel McAdams.
Antes de convertirse en una marca registrada del cine industrial marveliano, Sam Raimi fue un director de culto. En los años 80 y 90 construyó su nombre a fuerza de exceso, humor negro y creatividad salvaje con la trilogía de Evil Dead, Crimewave (La fiesta del crimen) y Darkman: El rostro de la venganza. Más tarde dio el salto al mainstream con la trilogía de Spider-Man (2002, 2004 y 2007), donde demostró que su identidad podía sobrevivir incluso dentro de una superproducción (para muchos, la mejor de superhéroes).
Después vinieron la aterradora y divertida Arrástrame al infierno (2009), una decepcionante Oz, el poderoso (2013), una década de proyectos dispersos entre series y cortos, y finalmente su regreso al gran estudio con Doctor Strange en el Multiverso de la Locura (2022). En ¡Ayuda! , Sam Raimi vuelve a ese espacio con algo bastante más reconocible y contemporáneo que demonios o posesiones: una empresa, un CEO recién nombrado y una empleada brillante a la que nunca terminan de escuchar.
Brandon Liddle (Dylan O’Brien) acaba de heredar el trono corporativo tras la muerte de su padre. Es joven, carismático y llega rodeado de decisiones que no le pertenecen del todo. Linda (Rachel McAdams), en cambio, es eficiencia pura: conoce la empresa, diseña estrategias, anticipa movimientos y era la niña mimada del padre de Brandon. Todo indicaba que el puesto de vicepresidenta iba a ser suyo, pero el poder —como suele pasar— elige por afinidad y no por mérito. Donovan, un amigo, un cómplice, alguien “de confianza”, termina ocupando ese lugar. Con ese gesto mínimo, la película ya deja claro de qué va a hablar.

Camino a Bangkok, un accidente aéreo que deja a Brandon y Linda varados en una desierta isla tropical que no solo funciona como giro de guion que como experimento social. Raimi no pierde tiempo en el espectáculo del desastre: lo que le interesa es qué pasa cuando el traje, el cargo y la jerarquía quedan tirados en la arena. Brandon llega herido, limitado, dependiente. Linda, en cambio, aprovecha su fanatismo por los programas de supervivencia y se mueve con soltura. Sabe cómo conseguir agua, comida y refugio. De golpe, el poder cambia de manos.
Y ahí es donde ¡Ayuda! empieza a divertirse en serio. Porque lo que podría haber sido una historia de acercamiento forzado o romance improbable se convierte en un duelo cada vez más sangriento. Nadie quiere solo sobrevivir: ambos quieren mandar. La isla se transforma en una extensión salvaje de la oficina, un espacio donde las viejas tensiones no desaparecen sino que mutan. El maltrato jerárquico se recicla, la humillación cambia de forma, la traición aparece como herramienta.
En ese plano, Raimi juega todo el tiempo con las máscaras. Brandon pasa de víctima a manipulador con rapidez. Linda oscila entre la contención, la inteligencia estratégica y una crueldad que empieza a parecer inevitable. No hay héroes ni villanos puros, solo personas empujadas a extremos que no sabían que estaban dispuestas a cruzar.
Visual y narrativamente, la película es puro Raimi. Cámara inquieta, giros constantes, desconfianza permanente, humor negro que aparece en los momentos más incómodos y estallidos de violencia exagerados y precisos, para subrayar el absurdo y la ferocidad del conflicto. Cada vuelta de tuerca parece decir lo mismo: el poder, cuando se siente amenazado, siempre muerde. Pero también hay una hermosa fotografía de la paradisiaca isla, acompañada por un soundtrack, donde se destaca principalmente Blondie con One Way or Another.
El carisma de Dylan O’Brien y la versatilidad de Rachel McAdams (en uno de los mejores papeles de su carrera) sostienen el relato. Hay química, pero no en clave romántica, sino en la del choque permanente. Cada escena compartida es una negociación, una pulseada. Raimi entiende que el verdadero suspenso no está en si van a ser rescatados, sino en quién va a quebrarse primero.
¡Ayuda! es una una comedia sangrienta de supervivencia que se ríe de las dinámicas laborales, de los liderazgos heredados y de la fantasía meritocrática. Porque cuando todo se derrumba —la empresa, el avión, la civilización— lo que queda no es el título, sino la capacidad de adaptarse. Y a veces, para adaptarse, hay que convertirse en algo que preferiríamos no ser, muchas veces en algo que nunca pensamos ser, porque como sostiene la película, «monstruo no se nace, se hace» .