Este jueves se estena en cines la película protagonizada por Brendan Fraser dirigida por Hikari (37 segundos).
En Japón, desde hace décadas, se alquilan familiares. No como broma ni como performance, sino como servicio: padres, hijos, esposos, amigos. Personas contratadas para ocupar un lugar vacío en una escena puntual de la vida. El acuerdo es claro: el vínculo es falso, pero la emoción que se busca provocar tiene que ser real. Sobre esa idea incómoda se apoya Familia en renta, una comedia dramática que camina entre la rareza cultural y una pregunta mucho más universal: ¿qué pasa cuando la actuación se convierte en refugio emocional?
La película sigue a Philip, interpretado por Brendan Fraser, un actor estadounidense que vive en Tokio y sobrevive haciendo comerciales. Su vida transcurre en un gris amable, hasta que una agencia lo convoca para un trabajo extraño incluso para alguien acostumbrado a fingir: debe presentarse en un funeral como “el hombre blanco triste”, una presencia decorativa para completar una escena de duelo. Ese primer encargo funciona como puerta de entrada a un mundo donde la ficción se mezcla peligrosamente con la necesidad afectiva.

A partir de ahí, Philip empieza a asumir distintos roles: esposo circunstancial, padre por encargo, compañero de videojuegos, figura de apoyo en un karaoke o periodista improvisado. No interpreta personajes para una cámara, sino para personas reales que necesitan, aunque sea por un rato, que alguien ocupe un lugar. Y cuanto más se involucra, más difícil se vuelve trazar el límite entre el trabajo y la responsabilidad emocional. Porque aunque todo sea una mentira acordada, las consecuencias no lo son.
La película encuentra su núcleo en dos vínculos específicos. En uno, Philip debe hacerse pasar por el padre de una nena para ayudarla a ingresar a un colegio exclusivo. En el otro, interpreta a un periodista encargado de devolverle algo de dignidad y visibilidad a un viejo actor japonés olvidado. En ambos casos, el conflicto aparece cuando la ficción empieza a reclamar continuidad, cuando el rol deja de ser suficiente y la verdad amenaza con asomar.
Familia en renta no juzga a sus personajes ni a la práctica que retrata. Observa. Sugiere que este sistema nace de una acumulación de ausencias: soledad, presión social, vínculos rotos, expectativas imposibles de sostener. La actuación aparece entonces no como engaño, sino como herramienta de supervivencia emocional. Una manera de sostenerse cuando lo real no alcanza. En el plano actoral, Brendan Fraser le imprime la clásica ternura y sentimientos a su personaje, pero quien realmente sobresale por sobre todos es Shannon Mahina Gorman, como la encantadora Mia, la niña que cree haber recuperado el vínculo con su «padre por encargo».
Con un tono cálido, cercano, y una estructura clásica que nunca se vuelve solemne, la directora Hikari logra algo difícil: convertir una costumbre profundamente japonesa en una reflexión reconocible para cualquiera. Puede que su mirada apueste más a la empatía que al conflicto ético duro, pero ahí también está su elección.