Good Boy: terror desde cuatro patas

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Este jueves se estrena en cines la ópera prima de Ben Leonberg, que sigue la historia de un pequeño perro en una encrucijada aterradora.

A veces el terror no viene de un monstruo, sino de la mirada. Good Boy entiende eso desde el primer plano: una cámara baja, casi al ras del suelo, que se mueve a la altura de un perro llamado Indy, un hipnótico retriever de Nueva Escocia. Esa decisión estética —la cámara siempre a la altura de su hocico— es la clave del relato. El mundo se ve como él lo ve: limitado, fragmentado, confuso. Los humanos (vivos, muertos o imaginarios) aparecen difusos, fuera de foco, convertidos en sombras que habitan los márgenes del cuadro.

La película usa recursos prácticos —el plano y contraplano, el fuera de campo, el sonido que insinúa más de lo que muestra— para construir un terror que no necesita mostrar demasiado. Todo se filma desde la perspectiva de Indy, y eso vuelve cada escena más inquietante: los ruidos del techo, los pasos en el pasillo, el olor del miedo. El fuera de campo se convierte en un espacio de amenaza constante.

Lo más interesante de Good Boy es cómo nos mete en la cabeza de un perro. En sus miedos, sus paranoias, su desconcierto frente a un mundo que parece desmoronarse. Aunque uno más o menos intuye hacia dónde va la historia, es imposible no empatizar con lo que Indy siente: esa mezcla de lealtad, temor y tristeza que atraviesa toda la película.

A medida que avanza, lo que parece sobrenatural termina sintiéndose profundamente humano. En esa casa perdida en medio de la nada, el dueño enfermo y el silencio casi absoluto construyen un clima inquietante, pero también melancólico. El miedo no nace del grito, sino de la espera.

Una de las grandes virtudes está en la atmósfera que el director logra crear con pocos recursos: lluvia, relámpagos, sombras, respiraciones entrecortadas y esas apariciones que parecen salidas de una pesadilla. Con un presupuesto mínimo, consigue un clima que te atrapa desde el primer minuto, demostrando que el terror puede sostenerse solo con tensión emocional y una mirada sensible.

Good Boy es, en el fondo, una historia sobre la fidelidad que persiste incluso cuando todo se ha perdido. La mayoría dirá que es un live action de Coraje, el perrro cobarde, pero por una cuestión generacional, se siente más como si Benji hubiera entrado en un universo de horror existencial, donde la ternura y el espanto se confunden hasta volverse inseparables. Una película pequeña y aterradora, pero con un corazón inmenso.

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