Dentro de la cartelera de vacaciones de invierno, este jueves se estrena la secuela de la película animada de Dreamworks.
En el cine, un MacGuffin es ese objeto deseado por todos los personajes pero irrelevante en sí mismo para el espectador. Su única función es mover la trama. En Los tipos malos 2 (dirigida nuevamente por Pierre Perifel), ese papel lo cumple el oro: codiciado, perseguido, repetido en chistes hasta vaciarlo de sentido. Pero lo que importa no es el metal en sí, sino lo que provoca.
DreamWorks retoma a los ya conocidos Lobo (voz de Sam Rockwell), Serpiente (Marc Maron), Tarantula (Awkwafina), Tiburón (Craig Robinson), Piraña (Anthony Ramos) y Diane Foxington (Zazie Betz), ahora gobernadora, en su intento por integrarse a la vida “legal”. Sin embargo, un trío de villanos — Kitty Cat (Danielle Brooks), Domm (Natasha Lyonne) y Pigtail (María Bakalova) — los chantajea para robar objetos específicos… que resultan tener un punto en común: están cargados con el imán aplicado, una tecnología que forma parte del plan del nuevo villano: el Bandido Fantasma.

La película juega con engaños, dobles identidades y planes dentro de planes, donde cada escena de acción es también una distracción de otra cosa. Aunque el humor no es tan explosivo como en la primera, sigue presente en buenas dosis, y la animación mantiene el sello estilizado de DreamWorks.
Con guiños a los heist movies clásicos, momentos espaciales y vueltas de tuerca bien plantadas, esta secuela funciona. Más estridente, sí. Más extensa, también. Pero con el mismo corazón: una banda de marginados que no puede evitar volver a la acción.
Si bien no aporta ideas nuevas y repite conceptos de la primera entrega, Los Tipos Malos 2 es una buena carta para las vacaciones de invierno, con ritmo, ingenio y un recordatorio: el oro no es lo que vale, lo que vale es el plan.