Este viernes se estrena en el Cine Arte Cacodelphia el documental de Leandro Tolchinsky sobre el alter ego de Manu Fanego.
En Mika de Frankfurt, el alter ego de Manu Fanego deja de ser solo un sketch para transformarse en objeto de observación y, sobre todo, de reflexión. Lo que en escena funciona como un bloque humorístico dentro del universo del grupo humorístico Bla Bla, acá se expande hacia algo más íntimo y complejo.
Mika —esa inmigrante alemana desbordada, torpe con el idioma, cargada de desamores y contradicciones— es mucho más que un personaje: es una construcción que pone en juego el cuerpo, la identidad y la libertad. El documental se mete de lleno en el proceso creativo de Fanego mientras graba su primer disco Cosas Lindas, en sus canciones pegadizas, en ese acento impostado que mezcla tiempos verbales y genera humor, pero también revela vulnerabilidad.

Sin embargo, lo más interesante aparece cuando la película abre el juego. Mika incursiona como conductora en un programa de entrevistas. Por allí pasarán testimonios de mujeres trans, el recorrido de historias reales como la de Luana Mansilla (y el eco de Yo nena, yo princesa), que amplían el relato y lo sacan del escenario. Ahí, el documental deja de ser solo sobre un personaje y pasa a hablar de algo mucho más profundo: el vínculo con el propio cuerpo, la aceptación y las decisiones que construyen identidad.
En ese cruce entre lo performático y lo real, entre el humor y la emoción, el documental encuentra su mayor potencia. Incluso en su tramo final —con ese encuentro cargado de sentido y mucho humor junto a su madre, interpretada por el inolvidable Daniel Fanego, padre de Manu — aparece una capa más íntima, casi reparadora.
Mika de Frankfurt no es solo una comedia ni un detrás de escena: es un documental que, desde el juego y el absurdo, se anima a hablar de libertad. De quiénes somos, de quiénes queremos ser… y de todo lo que implica animarse a habitar ese lugar.