Nuremberg: El Juicio del siglo. Intentar explicar lo inexplicable

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Este jueves se estrena en cines la película de James Vanderbilt, protagoniada por Russell Crowe y Rami Malek.

En una semana atravesada por la memoria, por la necesidad de volver a mirar el pasado y discutir el presente, llega a los cines una película que dialoga inevitablemente con ese clima. Basada en el libro The Nazi and the Psychiatrist de Jack El-Hai, el film reconstruye desde la ficción uno de los procesos judiciales más importantes de la historia: los juicios de Núremberg. Y aunque las distancias sean muchas, hay un eco que resuena con fuerza hacia Argentina, 1985.

Pero acá el punto de vista es otro. Lejos del fiscal, del alegato y de la épica judicial, la película se posiciona desde un lugar más incómodo: el de quien intenta comprender. El protagonista es Douglas Kelley, un psiquiatra militar interpretado por Rami Malek, encargado de evaluar psicológicamente a los principales jerarcas nazis antes del juicio. Entre ellos, una figura se impone con una presencia inquietante: Hermann Göring, interpretado por Russell Crowe, en una composición cargada de cinismo, manipulación y un narcisismo que resulta tan magnético como perturbador.

Es en ese vínculo donde la película encuentra su mayor potencia. Los encuentros entre Kelley y Göring están atravesados por una tensión constante: la fascinación, el rechazo, la curiosidad intelectual y el peligro moral de acercarse demasiado. ¿Se puede analizar el mal sin contaminarse? ¿Hasta qué punto entender implica justificar? En ese terreno, el film se vuelve realmente incómodo y atractivo, explorando dilemas éticos donde el protagonista queda atrapado entre su rol profesional y la presión institucional por obtener información.

Ahí aparece otra capa interesante: la tensión entre la ética médica y la lógica del Estado. Mientras figuras como el fiscal interpretado por Michael Shannon empujan hacia un objetivo claro —conseguir pruebas, condenar, cerrar el caso—, Kelley insiste en sostener la confidencialidad y el vínculo terapéutico. Una postura que, en ese contexto, roza lo ingenuo… o lo peligrosamente humano.

Sin embargo, cuando la película avanza hacia su segunda mitad y se instala de lleno en el juicio, algo de esa complejidad se diluye. El relato se vuelve más clásico, más previsible. La reconstrucción del proceso judicial, acompañada por imágenes de archivo y el despliegue discursivo de los acusados, empieza a inclinar la balanza hacia un terreno más didáctico. La película ya no sugiere ni incomoda: explica. Subraya. Ordena. Y en ese movimiento pierde parte de su riqueza.

Lo que antes era ambigüedad, tensión moral y zonas grises, se transforma en un discurso más solemne, más cerrado, más alineado con la necesidad de dejar una enseñanza clara. La soberbia y el cinismo de los acusados están presentes, pero ya no desde la incomodidad del cara a cara, sino desde una exposición más convencional.

Eso no invalida sus logros, pero sí marca un quiebre. Porque cuando la película se permite dudar, cuando se mete en esa zona incómoda de la fascinación por el mal, es realmente potente. Pero cuando decide explicarlo todo, pierde filo. Se vuelve más correcta que inquietante. Aun así, queda una idea dando vueltas: la imposibilidad de comprender completamente aquello que excede cualquier lógica. Y quizás ahí, en ese límite, es donde la película encuentra su sentido más honesto.

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