Primate: encierro, rabia y supervivencia

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Este jueves se estrena en cines argentinos la película de Johannes Roberts, sobre un siniestro chimpancé salvaje y asesino.

Hay películas que no buscan reinventar nada, sino agarrarte y no soltarte. PRIMATE pertenece a esa estirpe. Terror directo, sin metáforas rebuscadas ni discursos explicativos: un animal, un espacio cerrado, un grupo de personas y la certeza de que algo va a salir muy mal. Y sale mal rápido.

La historia arranca con una calma engañosa. Lucy (Johnny Sequoyah) vuelve de la universidad a su casa en Hawaii, donde la esperan su hermana y su padre. También Ben, un chimpancé criado como mascota, integrado al hogar como si fuera uno más, a quien su madre, especialista en lingüística y fallecida recientemente, le enseñó a comunicarse a través de una tablet. El reencuentro con viejos amigos, una fiesta en la piscina, risas, alcohol, juventud. Hasta que un accidente desata lo inevitable: Ben contrae rabia y ese vínculo “familiar” se rompe en segundos. Lo que antes era ternura se transforma en amenaza pura. Lucy y sus amigos quedan atrapados, refugiados en una piscina vacía, con el jardín convertido en territorio enemigo. De ahí en más, la película no da respiro.

Johannes Roberts ya sabe moverse en este terreno. No es casualidad: viene de A 47 metros, aquella pesadilla submarina con tiburones que entendía cómo exprimir el miedo desde el encierro y la espera. Acá aplica la misma lógica, pero en tierra firme. PRIMATE funciona como una clara carta de amor a Cujo, la película que —según el propio Roberts— le abrió la cabeza a un terror más físico, más posible, más cercano. Nada de monstruos sobrenaturales: el horror nace de una situación real llevada al extremo.

Y la elección del chimpancé no es caprichosa. Roberts investiga, observa y entiende algo clave: esos animales adorables de cría pueden convertirse en segundos en bestias de 70 kilos, inteligentes, violentas, impredecibles. La película explota esa dualidad con inteligencia y sin subrayados. Ben no es un villano caricaturesco: es instinto, fuerza y furia desatada.

A ese clima asfixiante se suma un elemento clave: la presencia de Troy Kotsur, el actor estadounidense con discapacidad auditiva recordado por CODA, que interpreta al padre de las jóvenes. Roberts utiliza ese recurso de manera narrativa y sensorial, no como subrayado emocional. Hay una escena en particular donde la película se mete literalmente en la piel del personaje: el sonido desaparece y el ataque del animal se vuelve todavía más angustiante. No escuchar, no saber de dónde viene el peligro, convierte la secuencia en una experiencia física para el espectador.

También hay un contraste visual potente: el marco paradisíaco de Hawái, con su luz, su naturaleza exuberante, choca de frente con la pesadilla que se desarrolla casi por completo dentro de una casa lujosa, amplia, moderna, que termina funcionando como jaula. Ese espacio, pensado para el confort, se transforma en un escenario de terror puro. La música —con sintetizadores que remiten al giallo y a Argento— potencia esa sensación de pesadilla constante.

PRIMATE es cruda, directa y sin concesiones. Son casi 90 minutos que van al grano. Está llena de clichés, sí, pero los abraza sin vergüenza y los usa a su favor. Una sola locación, una amenaza clara y un ritmo que no se permite bajar la tensión. Hay gore cuando hace falta, hay violencia seca y una puesta en escena muy consciente del espacio: el jardín, la casa, la piscina. Todo se entiende, todo se convierte en trampa. Es un film que no busca prestigio ni profundidad psicológica. Busca asustar y entretener. Y lo logra. Un comienzo más que sólido para el año del cine de terror, de esos que recuerdan que a veces el miedo más efectivo es el más simple… y el más animal.

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