Sirat: El viaje interior de Oliver Laxe al corazón del desierto

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Este jueves se estrena en cines la nueva película del director de O que arde, nominada al Óscar como Mejor Película Extranjera.

Hay películas que parecen filmadas desde un lugar físico, y otras que nacen desde un estado del alma. Sirat, la nueva obra de Oliver Laxe, pertenece a ese segundo grupo: no se mira, se atraviesa.
Ganador del Astor de Plata en Mar del Plata con la potente O que arde, la película marca no solo el regreso de uno de los autores más singulares del cine español, sino también un nuevo paso en su búsqueda: filmar lo invisible, lo espiritual, lo que vibra detrás del polvo y el silencio.

Desde su primera secuencia —una rave hipnótica perdida en medio del desierto— Sirat propone una experiencia sensorial, más que narrativa. Lo que comienza como un relato sobre un padre (Sergi López) y su hijo en busca de una joven desaparecida dentro del circuito de fiestas electrónicas, pronto se transforma en un viaje interior, un tránsito entre la fe, la pérdida y la locura. Laxe vuelve a Marruecos, a esos espacios donde el paisaje no solo acompaña sino que respira como un personaje, reflejando la aridez emocional de quienes lo habitan.

Hay algo de trance en el modo en que la cámara se deja llevar por el viento, por la música, por el polvo suspendido. El diseño sonoro —auténtico protagonista del film— no acompaña: te invade. Cada frecuencia, cada vibración, cada distorsión, parece esculpir el espacio como si el sonido fuera materia. Es cine físico, casi táctil, donde el oído reemplaza a la mirada.

Pero cuando el espectador empieza a entender las reglas de este universo —a rendirse al ritmo de su hipnosis—, Laxe rompe su propia película. Y lo hace con una decisión brutal. De la mística pasamos al caos. De la contemplación, a la supervivencia. Sirat estalla y se transforma en un western existencial, con ecos de Mad Max, un relato de frontera en medio de la nada, donde los personajes ya no buscan respuestas: apenas buscan aire.

Ese quiebre —tan violento como necesario— es el corazón de la película. Porque ahí Laxe demuestra lo que pocos directores se atreven a hacer: dinamitar su propio estilo para nacer de nuevo. La segunda mitad abandona la poesía visual y se lanza a un terreno de acción pura, áspera, física. El desierto deja de ser un espacio espiritual para convertirse en un campo de batalla emocional.

A su alrededor, un grupo de actores no profesionales sostiene el realismo con una fuerza primitiva, casi documental. En medio de la devastación, cada gesto y cada mirada parecen filmados con una fe absoluta en el poder del cine como experiencia vital.

Sirat es una película de dos mitades, dos almas, dos tiempos. En la primera, Laxe dialoga con su propio pasado (Mimosas, Lo que arde). En la segunda, lo dinamita. El resultado es una obra que incomoda, fascina y descoloca; un ejercicio de riesgo absoluto que confirma a su autor como una de las voces más potentes y libres del cine contemporáneo.

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