Este jueves se estrena en cines argentinos la película de Kirill Sokolov. producida por Andy Muschetti.
“Cuando los ricos le dan a los pobres, sonríe el diablo”.
Con esa frase arranca Te van a matar, una película que promete una lectura sobre la desigualdad y el abuso de poder… pero que encuentra su verdadera identidad en otra cosa: el espectáculo salvaje, el exceso y la acción desatada.
La historia sigue a dos hermanas (Asia y Maria) marcadas por la violencia de un padre abusivo. En un acto desesperado, una de ellas dispara y termina presa. Diez años después, tras cumplir su condena, sale al mundo con todo lo aprendido en la cárcel: dureza, instinto de supervivencia y una capacidad letal para defenderse.
Ese recorrido la lleva a Virgil, un misterioso hotel en Manhattan, regenteado por la extraña Lily (Patricia Arquette). Un lugar apacible que rápidamente se revela como algo más que un simple lugar de paso. Lo que parece una oportunidad se transforma en una trampa: un espacio donde las reglas son otras y donde la violencia es moneda corriente. A partir de ahí, la película se convierte en una cacería constante, donde la protagonista deberá enfrentarse a una serie de enemigos que, como ella, también esconden sus propias historias.

Desde lo formal, el film deja claras sus influencias. Hay una energía que remite directamente al cine de Quentin Tarantino, especialmente a Kill Bill, en esa lógica de venganza estilizada, enfrentamientos coreografiados y personajes al límite. También aparecen ecos del delirio visual y la cámara frenética de Sam Raimi, con guiños evidentes a Evil Dead: sangre, humor negro y una puesta en escena que no le teme al ridículo ni al exceso.
La cámara es inquieta, nerviosa, siempre en movimiento, acompañando una acción que no da respiro. Hay una búsqueda estética clara: generar impacto constante, sostener la adrenalina y empujar al espectador a un terreno donde lo bizarro y lo violento conviven sin filtro.
En ese contexto, Zazie Beetz —con una fuerte presencia física— se convierte en el motor absoluto del relato, cargando con la intensidad de cada escena. Del otro lado, la figura de Patricia Arquette que domina el hotel funciona como contrapunto: una presencia enigmática, casi demoníaca, que refuerza esa sensación de estar dentro de un juego macabro.
Si bien la película intenta instalar un subtexto sobre la desigualdad, el abuso de las élites y la violencia estructural, ese planteo inicial queda, en gran medida, opacado por la maquinaria de acción. Lo que prevalece no es la reflexión, sino el impacto inmediato: peleas, sangre, persecuciones y una lógica de supervivencia constante. Y ahí está su mayor virtud… y también su límite.
Te van a matar no busca ser profunda, ni lo necesita. Es una película de una hora y media que entiende perfectamente su objetivo: entretener, sacudir y ofrecer una experiencia intensa. Puro cine de género, con influencias claras y sin complejos, que se disfruta desde el exceso y la desmesura.