Teléfono Negro 2: pesadillas con tono de llamada

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Este jueves se estrena la nueva película del director de El Exorcismo de Emily Rose, Sinister, Dr. Strange y El Abismo Secreto, entre otras.

La película de terror de 2021 de Scott Derrickson, Teléfono Negro, fue una de esas sorpresas del género y de la factoría Blumhouse. Si bien el director venía con un recorrido interesante dentro del terror, la adaptación del cuento de Joe Hill (hijo de Stephen King), combinaba sustos y un interesante subtexto sobre contextos violentos dentro de las infancias, dentro de una historia pequeña, efectiva, con un villano inolvidable —Ethan Hawke detrás de esa máscara perturbadora— y dos hermanos que se abrían paso entre el miedo y la esperanza: Finney (Mason Thames) y Gwen (Madeleine McGraw). Lo interesante de aquella entrega era que no necesitaba prometer más. Terminaba con un signo de exclamación, no con puntos suspensivos. Pero claro, cuando algo deja marca, el eco siempre vuelve.

Y cuatro años después, ese eco suena más fuerte que nunca. Teléfono Negro 2 llega con la difícil tarea de continuar una historia que parecía cerrada, pero Derrickson y C. Robert Cargill entienden algo clave: una secuela no debe repetir, sino transformar. Por eso, esta segunda parte no busca resucitar al asesino, sino al trauma. Ya no es una película de secuestros, sino de consecuencias.

La historia nos lleva a 1982, donde Gwen se convierte en el centro emocional del relato. Ella, que fue la chispa rebelde en la primera película, ahora carga con un poder que ya no siente como don sino como maldición. Sus visiones se vuelven más intensas, más confusas, más peligrosas. Su hermano Finney, en cambio, eligió el silencio: se refugia en la apatía, en la marihuana, en la negación de lo vivido. Es el retrato de una herida compartida, de cómo el miedo puede tomar distintas formas cuando el peligro ya pasó.

El film introduce un nuevo hilo en esa pesadilla: los sueños de Gwen comienzan a conectar con el pasado de su madre, una mujer marcada por el dolor y por una supuesta historia de suicidio. Las visiones la arrastran hacia un campamento cristiano cubierto de nieve, escenario que amplifica el aislamiento y la culpa. Allí, los ecos del teléfono negro vuelven a sonar… pero no desde otro mundo, sino desde el interior de quienes sobrevivieron.

Derrickson vuelve a demostrar su pulso visual con una decisión estética brillante: diferenciar los sueños de la realidad a través de una textura granulada, con aspecto de viejo material fílmico, que recuerda a su trabajo en Sinister. Esa elección no solo marca una frontera sensorial, sino también emocional: cada vez que Gwen se sumerge en una pesadilla, la imagen se vuelve áspera, casi táctil, como si el pasado pudiera raspar la pantalla. Lo onírico se siente físico, sucio, perturbador.

El “Grabber” de Hawke ya no es el monstruo tangible de antes, sino una presencia espectral, una figura del recuerdo que persigue a los protagonistas en sueños, más cercana a Freddy Krueger que al clásico asesino en serie. Pero lo que podría haber sido un truco barato se convierte en algo más interesante: una metáfora del trauma, una forma de hablar del miedo que no termina cuando se corta la llamada.

Lo que hace especial a Teléfono Negro 2 es que entiende que el verdadero terror no está en el sótano, sino en la mente. En la imposibilidad de soltar, en el pasado que insiste. La película no busca superarse en sustos, sino en profundidad emocional. Y lo logra; es una secuela que no necesita repetir fórmulas para asustar. Es el eco de un trauma, el sonido que queda vibrando después del grito.

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