Este jueves se estrena en cines la tercera entrega de la saga creada por James Cameron en 2009.
Si algo dejó claro James Cameron a lo largo de su filmografía —de Terminator a Titanic, pasando por El abismo— es que el espectáculo nunca es un accesorio: es el punto de partida. Avatar: Fuego y Cenizas no discute esa premisa. Desde el primer plano, Pandora vuelve a desplegarse con una precisión técnica casi obsesiva. Las texturas, las criaturas, la profundidad del agua, la escala de cada mundo construido siguen siendo hipnóticas. El problema no es lo que Cameron hace, sino que ya lo vimos hacerlo. Y muy bien. Demasiadas veces.
Esta tercera entrega arranca desde una herida abierta. La familia Sully todavía no logra procesar la muerte de Neteyam, una ausencia que atraviesa cada decisión y cada vínculo. Jake y Neytiri intentan sostener un núcleo familiar que ya no es el mismo, mientras Lo’ak carga con una culpa que lo desborda y lo empuja a decisiones impulsivas. El duelo no es un elemento decorativo: es el motor emocional de la película, incluso cuando Cameron lo trabaja con una insistencia que roza el subrayado.

Ese dolor empuja a los Sully a un nuevo exilio. Ya no hay lugar para ellos en su territorio original y el relato los traslada hacia un entorno completamente distinto: un mundo acuático, habitado por una tribu Na’vi que vive en simbiosis total con el mar. El cambio de ecosistema funciona como un reinicio narrativo. Nuevas reglas, otra espiritualidad, un modo de vida que obliga a aprender desde cero. En esos momentos —en la incomodidad, en el sentirse ajenos, en la adaptación forzada— la película encuentra su zona más rica. Pandora vuelve a sentirse viva cuando deja de ser familiar.
Pero las amenazas no tardan en reaparecer. Del otro lado del tablero se arma una alianza inquietante: Quaritch, otra vez encarnado por Stephen Lang, suma fuerzas con Varang, la líder del Pueblo de las Cenizas interpretada por Oona Chaplin. Juntos empujan el conflicto hacia un terreno más oscuro, poniendo en riesgo no solo al clan acuático Metkayina, sino al equilibrio entero de Pandora. El fuego y el agua, lo ancestral y lo destructivo, se enfrentan como fuerzas inevitables.
En ese contexto, Spider sigue siendo el personaje más incómodo y, paradójicamente, el más humano de la saga. Su conflicto no es simbólico: es físico. Depende de una mascarilla de oxígeno que empieza a fallar, y cada incursión al mundo Na’vi lo deja al borde del colapso. Vive entre dos identidades, integrado y excluido al mismo tiempo. Cameron entiende que ahí hay algo potente y lo explota: Spider es el recordatorio constante de que la convivencia entre mundos es frágil, limitada, siempre a punto de romperse.
Visualmente, Fuego y Cenizas es irreprochable. Cameron filma el agua como nadie, convierte las persecuciones en coreografías de vértigo y domina la acción con una claridad quirúrgica, sobre todo en una última hora que no da respiro. Cuando la película acelera, se vuelve una experiencia total, casi física.
El problema vuelve a aparecer cuando baja la intensidad. El discurso ambiental —la humanidad como plaga, la naturaleza arrasada— se repite sin nuevas capas. La dinámica familiar de los Sully insiste en la idea de la unión como mantra, con una solemnidad que empieza a sentirse automática, más cercana a un culebrón épico que a un conflicto genuino. Hay evolución en personajes como Lo’ak o Kiri, pero la estructura emocional sigue siendo la misma.
En medio de esa repetición, los Tulgien emergen como lo mejor de la película. Estas ballenas gigantes no son solo una maravilla técnica: cada una de sus apariciones carga una emoción que el resto del relato a veces pierde. Son memoria, duelo, sabiduría ancestral. Cuando están en pantalla, Avatar vuelve a encontrar su corazón.
Fuego y Cenizas es, en definitiva, una película imponente, emocionante por momentos y arrolladora cuando abraza la acción. Pero también confirma que el universo Avatar necesita algo más que perfeccionarse a sí mismo. Cameron sigue siendo un maestro del espectáculo, pero la saga empieza a girar en círculos alrededor de ideas que ya conocemos demasiado bien. Pandora sigue siendo hermosa. Lo que empieza a faltar es sorpresa.