Valor sentimental: la herencia invisible de lo que nunca se dijo

Nuestra puntuación

Previo a sumrarse al catálogo de MUBI, el 25 de diciembre llea a los cines argentinos la nueva película del director danés Joachim Trier.

Joachim Trier filma la tristeza como pocos. En Valor sentimental, su sexto largometraje, el director noruego continúa ese delicado ejercicio de observación iniciado en Oslo, 31 de agosto y depurado en La peor persona del mundo, pero esta vez desplazando su mirada hacia los vínculos que definen —y a veces condenan— a una familia. En Valor sentimental esa melancolía vuelve a aparecer, pero ya no ligada al vértigo de la juventud o a la incertidumbre vital, sino a algo más espeso y más difícil de mover: la familia. Sigue observando personas que no saben cómo decir lo que sienten y que, cuando finalmente lo intentan, llegan tarde.

La película arranca con un gesto mínimo y revelador: Nora Borg, actriz de teatro reconocida, está a punto de salir a escena y su cuerpo dice basta. Ataque de pánico. Respiración cortada. El control que parecía absoluto se quiebra en segundos. Ahí ya está todo planteado. Valor sentimental va a hablar de eso: de la tensión entre lo que mostramos y lo que realmente nos pasa, entre la imagen que construimos y la fragilidad que se filtra por las grietas.

Nora (Renate Reinsve) es una intérprete sólida, respetada, pero emocionalmente encapsulada. Su padre, Gustav (Stellan Skarsgård), es un director de cine que lleva más de quince años sin filmar. Viudo, envejecido, con una necesidad creativa que roza la desesperación, reaparece con una propuesta que es a la vez un gesto de amor y una forma de manipulación: quiere que su hija protagonice la película más personal de su carrera, un film sobre su propia madre, marcada por el suicidio. Nora se niega. Y ese rechazo no es solo profesional: es una forma de poner un límite que nunca antes pudo trazar.

A partir de ahí, Trier despliega uno de los conflictos más incómodos y reales que ha filmado: el de un padre que confunde creación con reparación emocional, y el de una hija que entiende que aceptar ese proyecto sería volver a ocupar un lugar que la lastimó. Cuando Gustav decide ofrecerle el papel a Rachel Kemp (Elle Fanning), una actriz joven, luminosa, extranjera, la herida se abre del todo. No hay villanos claros. Solo personas que no saben querer sin lastimar.

El gran escenario emocional del film no es el set ni el teatro, sino la casa familiar. Un espacio heredado, cargado de historia, donde cada habitación parece guardar algo que nadie se animó a decir. Trier filma esa casa como si fuera un cuerpo cansado: paredes que escucharon discusiones, silencios que se acumularon durante décadas. Es refugio y trampa al mismo tiempo. Volver ahí implica enfrentarse no solo al duelo reciente por la madre, sino a una memoria emocional que nunca terminó de resolverse.

Lo notable es cómo Valor sentimental evita convertirse en un drama solemne. Hay humor, ironía, incluso torpeza. Los personajes se dicen cosas mal, en el momento equivocado, con palabras que no alcanzan. El guion, escrito junto a Eskil Vogt, entiende algo fundamental: en las familias, el amor y el resentimiento suelen compartir el mismo idioma. Nadie dice exactamente lo que siente, pero todo se entiende igual.

Renate Reinsve confirma que su sensibilidad actoral va mucho más allá del impacto de La peor persona del mundo. Su Nora es contenida, inteligente, frágil sin ser explícita. Skarsgård, por su parte, construye a Gustav como un hombre brillante y agotado, alguien que necesita filmar no solo para expresarse, sino para no desaparecer. Entre ambos no hay grandes estallidos: hay miradas esquivas, silencios densos, frases que llegan tarde. Y eso duele más.

Elle Fanning funciona como una figura casi fantasmática: representa tanto la posibilidad de reemplazo como el modelo industrial que el propio film observa con distancia. La presencia del streaming —Netflix incluido— no es anecdótica. Aparece como una paradoja cruel: el cine más íntimo necesita del sistema más impersonal para existir. Trier no lo denuncia de forma directa, pero deja que la contradicción respire.

La música de Hania Rani acompaña todo con una delicadeza extrema. No invade, no explica, apenas sostiene. Como si supiera que en esta historia lo importante no es llenar el vacío, sino respetarlo. Trier filma de la misma manera: con una cámara que observa, que espera, que no juzga.

El final elige la opción más honesta: no hay cierre perfecto, no hay reconciliación completa. Hay un intento. Una conversación imperfecta. Una aceptación mínima de la fragilidad del otro. Y alcanza. Porque Valor sentimental entiende que sanar no siempre es posible, pero comprender —aunque sea un poco— ya es una forma de amor.

Compartir: