Este jueves se estrena en cines la película ganadora del Globo de Oro, protagonizada por Paul Mescal y Jesse Buckley.
Acercarse a William Shakespeare es siempre volver al origen. A la matriz del drama, de la tragedia histórica, de los conflictos humanos que siguen alimentando al cine, al teatro y a la literatura. Su obra parece inagotable, siempre lista para ser revisitada desde nuevos ángulos. En esta ocasión, Chloé Zhao, la directora de Nomadland, decide correrse del mito y del genio para mirar lo que casi nunca se mira: la intimidad, el duelo y la vida familiar detrás del autor.
Inspirada en Agnes de Manfred Riffel Perril, la película pone el foco en Agnès y en la relación con William Shakespeare, atravesada por el amor, la distancia y la muerte de su hijo. Zhao no construye un biopic tradicional, sino un relato profundamente sensorial, donde la experiencia emocional se apoya tanto en la imagen como en un diseño sonoro exquisitamente trabajado, capaz de decir lo que los personajes no pueden poner en palabras.
Agnès, señalada como “la hija de la bruja del bosque”, es presentada como una figura compleja, intuitiva y profundamente sola. Mientras William se aleja del pueblo para escribir teatro en Londres, ella atraviesa la maternidad en soledad, los mandatos sociales y el peso de una familia que nunca termina de aceptar sus decisiones. La película observa con una delicadeza poco habitual las distintas formas de maternar y el duelo imposible por la muerte de Hamlet, un vacío que redefine para siempre a la pareja.

En ese recorrido íntimo, el sonido se vuelve un personaje más. El agua —ya sea en la lluvia o en pequeños gestos cotidianos— irrumpe en momentos clave con una presencia casi física, acompañando escenas donde la actuación se vuelve pura carne. Hay dos o tres secuencias en las que el trabajo actoral alcanza una intensidad notable, y Zhao subraya esa entrega no desde el exceso, sino desde la escucha: el silencio previo, el golpe seco del entorno, el eco emocional que queda flotando. La película reflexiona sobre el rol del actor y sobre qué ocurre cuando alguien no solo interpreta un dolor, sino que parece habitarlo.
El zumbido de las moscas alrededor de Agnès es otro detalle preciso. No funciona como un simple recurso ambiental, sino como una manifestación sonora de su estado interno: una incomodidad constante, un ruido que no se puede apagar, una presencia que insiste incluso en la quietud. Es en esos pequeños gestos —un sonido que vuelve, una textura que se repite— donde la película encuentra una potencia extra.
Desde lo formal, Zhao construye una puesta delicada y envolvente: la luz natural, los encuadres abiertos y un diseño sonoro atento a lo mínimo terminan de darle forma a una experiencia íntima y sensorial. Paul Mescal compone a un Shakespeare vulnerable, lejos del bronce, mientras Jessie Buckley entrega una Agnès magnética y desgarradora, dueña de una fuerza contenida que atraviesa cada plano. Incluso el niño que interpreta a Hamlet, con apenas un puñado de escenas, deja una marca imborrable.
En definitiva, la película es una reflexión profundamente humana sobre el arte y el dolor. Sobre cómo crear, actuar o amar puede ser una forma de sanar… o de hundirse aún más en la pena. Atemporal y contemporánea a la vez, esta obra confirma que Shakespeare sigue hablándonos siglos después, no desde la épica, sino desde lo más frágil y esencial del ser humano.