Depredador: Tierras Salvajes — El día que el cazador se volvió mascota

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Este jueves se estrena en cines argentinos, una nueva entrega de la saga alienígena creada en 1987.

Durante casi cuatro décadas, Depredador fue sinónimo de miedo. Ese rugido metálico entre los árboles, el calor invisible del camuflaje, la brutal precisión del cazador. Pero en Depredador: Tierras Salvajes, algo cambió: el monstruo baja la lanza, se limpia la sangre y busca, por primera vez, entender su propio reflejo.

Dan Trachtenberg vuelve a tomar las riendas del universo Depredador después del golpe sorpresivo que fue Prey, y lo hace con una ambición que no se puede negar: reinventar la saga desde su ADN. Ya no se trata de quién caza a quién, sino de cómo un cazador se convierte en algo más que su instinto. La pregunta que atraviesa toda la película es si aún tiene sentido seguir temiéndole a un monstruo que ya entendimos.

Desde su arranque, Tierras Salvajes se siente distinta. El escenario es Genna, otro planeta, árido, con un horizonte que parece respirar fuego. No hay humanos sudando en la selva ni marines lanzando frases duras; hay soledad, iniciación y un viaje casi espiritual. Allí se encuentra Kalish, una criatura salvaje que todos los Depredadores quieren cazar.

Dimitrius Schuster-Koloamatangi on the set of 20th Century Studios’ PREDATOR: BADLANDS film. Photo courtesy of 20th Century Studios. © 2025 20th Century Studios. All Rights Reserved.

Para facilitar esta transición, la película presenta un nuevo arquetipo de Depredador. Este personaje es descrito como “el más débil de la manada”, un joven inexperto que debe recorrer el mítico camino del héroe para ganarse su lugar. La estructura de su viaje recuerda a los relatos de iniciación: el entrenamiento, la caída, la redención. Para lograrlo deberá cazar al Kalish,. Un poco Karate Kid, un poco rito tribal, pero en clave interplanetaria, muy similar a The Mandalorian.

Este nuevo rol heroico viene acompañado de un rediseño que es, en sí mismo, el primer y más crucial paso hacia el cambio de tono general del film. Sus rasgos son definidos como “los menos predators de todos”: más suaves, con una “cara murciélago” que se muestra sin máscara durante casi toda la película. Una decisión que apunta a volverlo más accesible, casi empático. El Depredador ya no impone respeto ni amenaza; busca que lo entendamos. Esa humanización estética anticipa la “Disneyficación” que impregna toda la película, un desplazamiento del horror hacia la fábula de autodescubrimiento.

Para acompañarlo, la trama introduce a la sintética interpretada por Elle Fanning, quien aparece por partida doble: una “sintética buena” y otra “sintética mala”. Su personaje principal funciona como apoyo en la odisea de supervivencia y madurez del joven Depredador, pero también como espejo emocional: la máquina que aprende a sentir frente a la criatura que intenta dejar de matar. Su origen no es un detalle menor: pertenece a Weyland-Yutani, la megacorporación que conecta el universo Depredador con la saga Alien. Ese guiño corporativo, más que un simple “easter egg”, abre la puerta a una fusión narrativa que ya no parece tan lejana.

Sin embargo, esa misma estructura tambalea en su segunda mitad. El guion avanza, con decisiones apresuradas y una previsibilidad que diluye la fuerza del relato. Lo que al principio prometía ser una parábola brutal sobre el instinto y la empatía termina volviéndose un entrenamiento largo, una lección de moral entre explosiones digitales y miradas tiernas.

La estética es potente, con una fotografía que mezcla el polvo, la carne y la maquinaria alienígena en un mismo pulso visual. Trachtenberg apuesta por un universo colorido, vibrante, de texturas digitales que reemplazan la mugre y el sudor de los ochenta por un espectáculo visual más “amable”. Y ahí está el dilema: el resultado es tan prolijo, tan cuidado, que el miedo se esfuma.

En ese sentido, Depredador: Tierras Salvajes se mueve entre dos caminos opuestos. Por un lado, la ambición de convertir al Depredador en protagonista de su propio mito, algo casi poético. Por el otro, la decisión de suavizar su violencia, de hacerlo “digerible”. El resultado es un film que luce bien, suena bien y se disfruta como una aventura de ciencia ficción moderna, pero que deja la sensación de estar viendo una versión domesticada de lo salvaje.

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