Luego de su paso por el Buenos Aires Rojo Sangre, este jueves se estrena en la Sala Lugones y a partir del 12 de febrero en el Gaumont, la película uruguaya del director Pablo Stoll Ward.
Después de 25 Watts, Whisky, Hiroshima y 3, ¿Cómo recuperar a tu familia?, Pablo Stoll Ward vuelve al cine con una película que no intenta repetir fórmulas ni dialogar con su propio mito, sino algo bastante más honesto y refrescante: jugar. El tema del verano es una comedia de género que se apropia del cine de zombis, del policial trucho y del espíritu adolescente para construir un relato ligero, consciente y profundamente entretenido, sin resignar identidad.
La historia arranca como un plan clásico de estafa. Tres amigas (Azul Fernandez, Malena Villa y Débora Nishimoto) son cómplices, socias y sobrevivientes. Invitadas por «Ramiro» (Gonzalo De Galiana) ocupan una mansión en la costa en la costa uruguaya (más precisamente José Ignacio) con un objetivo claro: sacarle plata a millonarios desprevenidos. Allí se encuentran con un grupo de «artistas» de diversas nacionalidade: un pedante chileno (Agustín Silva), una joven afro (Romina Di Bartolomeo) y Felipe (Leandro Souza), un tímido joven que aspira a ser músico. Todo parece encaminarse hacia una comedia de engaños, cuerpos al sol y diálogos filosos, hasta que el verano se contamina. Literalmente. Los muertos empiezan a volver. Y el plan, como el país, como el mundo, se desbarranca.

Stoll no utiliza a los zombis como simple recurso de shock ni como homenaje nostálgico al cine de terror clásico. Acá los muertos funcionan como una consecuencia inevitable de un clima social enrarecido. Hay algo del caos post-pandemia flotando en el aire, pero sin discursos explícitos ni bajadas de línea. El desorden, la violencia latente, el absurdo y la sensación de que todo puede romperse en cualquier momento se filtran en el relato.
Formalmente, El tema del verano se permite jugar con el género. Hay guiños al cine de Tarantino —sobre todo a Kill Bill— en el montaje, en el uso de la música y en cierta estilización de la violencia. También hay un trabajo consciente sobre la puesta en escena: esa mansión de millonarios, aislada, casi irreal, funciona como un espacio de privilegio a punto de ser invadido, no solo por los muertos, sino por el caos que siempre estuvo afuera esperando entrar. En ese sentido, la película dialoga con estéticas más recientes como Revenge de Coralie Fargeat, pero desde una mirada más lúdica.
Las referencias pop están puestas para construir un clima. La camioneta de Mario Baracus en Brigada A, ciertos objetos, la música y la ambientación apelan a una nostalgia reconocible, casi infantil, que refuerza ese espíritu adolescente que atraviesa toda la película. Junto a las tres protagonistas sostienen el relato con coherencia y química. Cada una cumple un rol claro dentro del grupo y la película es fiel a esas dinámicas hasta el final. Sumado a la participación de
En definitiva, El tema del verano es una película que entiende algo fundamental: el género también puede ser un espacio de juego, de comentario social y de placer, a pesar de caer en los clichés del género. No busca reinventar el cine zombi ni hacer una tesis sobre el presente, pero en su ligereza encuentra una forma muy precisa de decir algo sobre el mundo que habitamos. Con muchas ideas creativas (hasta un ataque con bombillas de mate),buenos efectos especiales y mucho de sátira, la nueva película de Pablo Stoll cumple con el objetivo de pasar un buen rato y regalarle algunas referencias a la comunidad cinéfila.