El testimonio de Ann Lee: Una santa entre el fuego y el temblor

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Llega a los cines argentinos este tercer largometraje como directora de Mona Fastvold luego de Doble parejas  y Deseo prohibido.

Los Shakers —oficialmente la Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Aparición de Cristo— se hicieron famosos en el siglo XVIII de la mano de Ann Lee (1736-1784), una mujer inglesa emigrada a Estados Unidos que convertiría su propia herida vital en la piedra angular de un movimiento. Defensores del celibato, el comunitarismo y la igualdad de género, los Shakers practicaban una adoración extática que incluía temblores, cantos y danzas colectivas: el cuerpo como instrumento de lo divino. Sobre ese trasfondo histórico y espiritual se erige El testimonio de Ann Lee, una película que elige la mirada íntima por encima del fresco histórico.

El film arranca en la infancia de Ann, en un pequeño pueblo del este americano, y traza desde allí una línea que conecta su vínculo fraternal con William —quien se convertirá en uno de los principales predicadores de su palabra— con su progresivo acercamiento al movimiento Shaker. Desde joven, Ann encuentra en ese espacio ritualizado algo que la sociedad de su época no podía ofrecerle: un lenguaje propio para su espiritualidad.

Pero la película no idealiza el camino. La vida de Ann está atravesada por el dolor: la muerte de cuatro hijos, una crisis personal devastadora, una estadía en prisión. Es en ese punto de quiebre donde ocurre la revelación central del relato: Ann comprende, en una visión, que el deseo y el apego terrenal la distancian de Dios. A partir de entonces, predicará el celibato y la vida comunitaria como preparación para la segunda llegada de Cristo.

Ese mensaje —disruptivo, incluso escandaloso para la época— la convierte en figura central de los Shakers, pero también en blanco de la desconfianza de otras corrientes religiosas y de una sociedad que observa con recelo su influencia creciente. El guión sabe trazar esa tensión sin caer en el maniquesmo: Ann no es una mártir unidimensional, sino una mujer que carga con sus contradicciones.

La música no es un recurso estelítico y nada más. Las oraciones se transforman en cantos; los rituales, en coreografías colectivas que el film filma con una solemnidad que recuerda el cine de Terrence Malick, aunque con una contención formal más cercana al reciente trabajo de Brady Corbet en The BrutalistMona Fastvold, su directora, es una de las guionistas y comparte parte de su equipo creativo—. Hay momentos de gran intensidad visual, escenas donde el movimiento de los cuerpos en comunidad adquiere una dimensión casi hipnótica.

El corazón del film late en la interpretación de Amanda Seyfried. Pocos actores cargan con la expectativa de demostrar su alcance dramático de manera tan radical, y Seyfried lo hace con una convicción que desarma. Lejos de la ligereza musical de Mamma Mia!, construye a Ann Lee desde adentro: con los silencios, con la mirada, con un cuerpo que expresa devoción y agotamiento a la vez. Hay en su actuación una generosidad que hace creíble a la comunidad entera. Lewis Pullman entrega un William creíble y matizado, y Thomasin McKenzie —en un rol de menor peso pero igual cuidado— completa un trío protagónico que trabaja en perfecta sintonía.

Más allá de su dimensión histórica, El testimonio de Ann Lee es un drama musical intenso y poderoso, que se sostiene como una meditación sobre el lugar que ocupa la fe en la vida humana. Sobre cómo, frente al dolor y la pérdida, la religión puede convertirse en un refugio capaz de darle forma —y hasta belleza— al sufrimiento.

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