Gatillero: la noche donde todo estalla

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Luego de su proyección en el BAFICI 2025, se estrena en cines comerciales la película de Cristian Tapia Marchiori, protagonizada por Sergio Podeley.

Hay películas que no se contentan con contar una historia: necesitan sumergirte en ella. Gatillero, el segundo largometraje de Cristian Tapia Marchiori, no solo retrata la crudeza del presente en ciertos márgenes del conurbano bonaerense, sino que también lo hace con una potencia estética que quita el aliento. Filmada como si fuera un único y vertiginoso plano secuencia, esta propuesta que compitió en el BAFICI 2025 se impone por su fuerza narrativa, su ritmo implacable y su mirada sin concesiones sobre la dominación narco en los barrios periféricos.

Desde su dedicatoria —a los amigos del barrio, los que están y los que ya no—, Marchiori deja claro que no hay distancia entre la ficción y lo vivido. La historia ocurre en Isla Maciel y tiene como protagonista a Galgo, un sicario recién salido de la cárcel, envuelto en una noche de tensión creciente mientras intenta cumplir un nuevo encargo para su jefa, conocida como “La Madrina”. Lo que arranca como una vuelta a las calles se transforma pronto en una espiral de violencia, traiciones y resistencias, con vecinos atrapados entre balaceras, pactos rotos y un barrio que intenta, con lo que puede, recuperar el control de su destino.

Interpretado con entrega física y presencia intensa por Sergio Podeley, Galgo es un antihéroe de pocas palabras, que carga su historia en los hombros, literalmente. Su recorrido es el del cuerpo en constante desplazamiento: golpeado, empujado, perseguido. Podeley no sobreactúa ni busca la redención fácil; construye un personaje errático, contradictorio y vulnerable, que sobrevive como puede en un ecosistema hostil. Un tipo que no busca ser héroe de nadie, pero termina siendo arrastrado por los acontecimientos como un catalizador inesperado de una revuelta latente.

El film evita el morbo fácil o la estetización de la violencia que a menudo se asocia al cine de la marginalidad. Al contrario, lo que ofrece es una experiencia cruda, directa, casi física, que pone el foco en el sistema opresivo que se sostiene por la connivencia policial, la indiferencia política y la descomposición de los lazos sociales. Gatillero no busca golpes de efecto: lo que impacta es la naturalidad con la que los cuerpos quedan tendidos en la calle, las armas circulan como parte del paisaje y la vida se juega en cada esquina.

Pero si algo destaca por encima del ya ambicioso abordaje temático es su forma. Marchiori utiliza el plano secuencia no como alarde técnico sino como herramienta expresiva: la ausencia de cortes convierte la cámara en un cuerpo más, arrastrado por el vértigo de la acción. En una sola noche, la película transita persecuciones, enfrentamientos, y momentos de intimidad entre personajes rotos, sin permitir al espectador bajar la guardia. Esa continuidad visual refleja con precisión el estado emocional del protagonista: perdido, acorralado, siempre en fuga.

El elenco aporta solidez a este andamiaje: Julieta Díaz y Ramiro Blas tienen apariciones potentes que suman matices a una historia donde todos los personajes, incluso los más duros, dejan entrever fracturas humanas. Y con Podeley al frente, el film encuentra un rostro y un cuerpo capaces de sostener la intensidad de esa noche que parece no terminar nunca.

Gatillero se inscribe con fuerza en la tradición del nuevo cine argentino que, desde fines de los noventa, supo poner el foco en las zonas silenciadas de la sociedad. Pero lo hace desde un lugar propio, asumiendo riesgos narrativos y estéticos que lo diferencian. Es cine independiente en su mejor versión: urgente, comprometido y técnicamente impecable. Un relato que avanza como una bola de nieve, arrancando con un robo menor y culminando en una auténtica guerra civil urbana, donde el deseo de justicia y la violencia se entrecruzan hasta volverse indistinguibles.

En un panorama donde la marginalidad suele explotarse como postal decorativa o recurso efectista, Gatillero elige otra ruta: incomodar sin subrayar, conmover sin explicar. Y en ese recorrido, emerge como una de las apuestas más sólidas del cine argentino reciente.

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