Este jueves se estrena en cines argentinos, el live action de la película animada de 2010 de la productora Dreamworks.
En una época donde los estudios parecen obsesionados con revivir clásicos animados sin alma, donde las versiones en acción real muchas veces se sienten más como ejercicios de cálculo financiero que como gestos creativos, el regreso de Cómo entrenar a tu dragón sorprende por su profundidad, respeto y corazón. Lejos de sumarse a la larga fila de adaptaciones tibias que arrastra Disney, esta nueva encarnación dirigida —otra vez— por Dean DeBlois, logra lo impensado: reconectar con la emoción genuina sin resignar modernidad ni ambición visual.
Es refrescante encontrarse con una película que no pretende reinventar lo que ya funcionaba, sino expandirlo desde adentro. Este remake no es una calca con mejor resolución, ni una actualización superficial. Es una reinterpretación fiel, sí, pero no servil. Es un homenaje con alma. A diferencia de los intentos anodinos de Lilo & Stitch o el hiperrealismo vacío de El Rey León, aquí hay intención, cuidado y, sobre todo, un sentido claro de propósito narrativo.
La historia de Hipo y Chimuelo mantiene su núcleo emocional intacto, pero se enriquece con detalles sutiles que dan nueva vida a los personajes. La relación entre Hipo y su padre Estoico, por ejemplo, adquiere capas de vulnerabilidad y ternura que no estaban tan presentes en la versión animada. El guion, también firmado por DeBlois, es ágil, sincero y se guarda de caer en las trampas habituales: ni sobrecarga de subtramas, ni diálogos recitados. Solo ritmo, emoción y humanidad.

Una parte clave de esta madurez narrativa se debe al elenco. Mason Thames, como Hipo, no interpreta al personaje: lo habita. Luego de sorprender en The Black Phone, su actuación tiene esa rara mezcla de torpeza adolescente y nobleza silenciosa que definía al Hipo animado, pero ahora con una fisicidad real que potencia su arco. Nico Parker, en el papel de Astrid, también se aleja del molde. Su Astrid no es accesorio romántico, sino compañera de causa. Parker dota al personaje de una energía firme y emocionalmente rica, y su química con Thames se siente genuina y equilibrada. El regreso de Gerard Butler como Estoico es mucho más que un guiño nostálgico: aporta peso, melancolía y una mirada más íntima sobre la paternidad y la pérdida. A ellos se le suma Nick Frost, dando la cuota de humor como Bocón, el rudo.
En el apartado visual, el film no solo cumple: deslumbra. La fotografía de Bill Pope transforma cada secuencia de vuelo en una experiencia visceral. No hay estridencia digital, ni espectáculo por el espectáculo mismo. Hay vuelo con sentido. Hay vértigo emocional. Hay poesía visual. Berk, reconstruida por el diseño de producción de Dominic Watkins, se vuelve un espacio con textura, historia y leyenda; un escenario donde la fantasía se vuelve creíble. Y la música de John Powell, que reimagina sus propias composiciones originales, envuelve todo con un tono épico pero íntimo, vibrante pero nunca invasivo.
Este Cómo entrenar a tu dragón no es simplemente una buena adaptación: es una declaración de principios. Habla sobre entender al otro, sobre desarmar prejuicios heredados, sobre elegir el diálogo antes que la violencia. En tiempos de crispación y polarización, su mensaje —que ya era poderoso en 2010— cobra una nueva vigencia. Hipo representa a una generación que no tiene miedo de dudar, de amar lo desconocido, de escuchar cuando todos gritan.
Y es allí donde el film se diferencia tanto de otros live actions recientes. No infantiliza a su audiencia. No embellece todo hasta borrar la emoción. No subestima ni a chicos ni a grandes. Simplemente cuenta su historia con honestidad, con una mirada adulta pero sin cinismo, con ternura sin cursilería.
Junto a El Libro de la Selva de Jon Favreau, esta versión de Cómo entrenar a tu dragón se instala con firmeza entre lo mejor que ha dado el cine en acción real basado en animación. No es por sus dragones ni por la fidelidad a su estética original. Es porque entiende que emocionar no es una estrategia: es una necesidad. Y porque, en un panorama saturado de productos reciclados, demuestra que cuando hay pasión, visión y respeto por el material, la magia todavía es posible.