Hombre con H: el cuerpo como manifiesto

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Se encuentra disponible en el catálogo de Netflix, la película brasilera que retrata la vida del artista Ney Matogrosso.

Luego de su estreno en cines de Brasil, a mediados de mayo, Hombre con H en menos de un mes ya estaba en Netflix, lo cual no solo es una rareza: también generó cierto ruido en el circuito brasileño por lo poco que se explotó en salas. Pero no estamos ante una película menor ni de nicho. Al contrario: esta biopic sobre Ney Matogrosso, dirigida por Esmir Filho, se ubica entre lo más potente que dio el cine brasileño en los últimos años.

Porque Hombre con H no es solo un retrato artístico: es una película sobre los cuerpos. Sobre cómo se mueven, cómo se transforman, cómo se muestran y qué dicen. El film refleja que Ney fue un cuerpo incómodo para el Brasil de su época: libre, erótico, salvaje. Y eso lo vuelve subversivo. El montaje fusiona esa corporalidad con la música de manera brillante. Cada canción es también una declaración de principios. Cada performance, una escena de liberación.

Pero más allá de lo performático, lo que sorprende es todo lo que la película pone en juego. La infancia en una villa militar, marcada por un padre golpeador y castrador, obsesionado con el deber y la hombría. La censura de los años duros, cuando su arte era perseguido por una dictadura que no toleraba ni lo raro ni lo libre. El amor como acto de insumisión. La sexualidad como una forma de decir no a lo que el sistema quiere imponer.

Y ahí aparece otro fantasma: el VIH, ese enemigo invisible que le puso miedo a toda una generación, sobre todo a quienes, como Ney, vivieron el deseo sin culpa. El virus está ahí, latente, como una amenaza silenciosa que atraviesa la historia personal y colectiva. Y sin embargo, la película nunca se victimiza. Al contrario: celebra la desobediencia, incluso en el dolor.

Jesuíta Barbosa, como Ney, está increíble. Hay algo de Johnny Cash, algo de Farinelli, algo de Freddie Mercury. Pero también hay algo que es solo suyo: esa mirada dura, ese cuerpo que no pide permiso, ese modo de estar que incomoda. Lo encarna con una entrega que estremece. Por momentos, el actor supera incluso al verdadero Ney, que aparece hacia el final como cierre simbólico.

También lo musical acompaña con inteligencia: desde O Vira hasta Sangue Latino, todo está elegido con precisión quirúrgica. Hasta la aparición de Cazzuza y su célebre O Tiempo Nao Para (famosa en Argentina por la versión de Bersuit Vergarabat), dedicada a los medios de comunicación, los cuales lo habían dado por muerto antes de tiempo en sus últimos años, cuando el autor estaba muriendo de Sida.

Lo cierto es que esta película no se explica solo por su valor cinematográfico. Es también parte de una tradición que el cine brasileño viene construyendo hace décadas, desde Dios y el Diablo en la tierra del sol hasta Tropa de Elite, pasando por fenómenos como Ciudad de Dios o Carandirú. Ya no se trata de producciones marginales o artesanales: hay industria, hay oficio, y hay una decisión política de narrar sus propias historias. La consagración internacional llegó más de una vez, y el Óscar a Aún estoy aquí en 2024 por mejor película internacional fue un recordatorio de eso.

Hombre con H no es fácil de ver. Pero cuando una película incomoda por lo que muestra, más que por cómo lo muestra, algo está haciendo bien. Esta no es una película sobre Ney Matogrosso: es una película sobre la libertad, cuya dedicatoria final al artista brasilero agradece la valentía de atreverse a vivir sin ataduras ni imposiciones sociales.

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