Dentro del catálogo de Netflix, se estrenó este viernes la película protagonizada por Vanessa Kirby y Jennifer Jason Leigh.
El británico Benjamin Caron, conocido por su trabajo televisivo en The Crown y Andor, traslada ahora su mirada al cine con un tono más oscuro y desafiante. Mientras en Sharper se había movido con soltura dentro de un thriller pulido y cargado de engaños, en La noche siempre llega se adentra en un escenario mucho más áspero: precariedad, crisis económica y una rutina teñida de desamparo. El film busca unir el nervio del thriller con la densidad del drama social, aunque esa mezcla no termina de armonizar y, por momentos, se pisa a sí misma.
El resultado tiene un aire innegable a Good Time de los hermanos Safdie, aunque aquí en versión femenina. La historia sigue a Lynette (Vanessa Kirby), que debe reunir en pocas horas el dinero para salvar la casa familiar. El problema es que, mientras Pattinson en aquella película se mimetizaba con el mundo marginal y lograba habitarlo con naturalidad, la presencia elegante y sofisticada de Kirby desentona un poco con ese universo. Su magnetismo actoral sostiene la película, pero también genera una fricción que la dirección nunca termina de resolver.
El contexto es clave: un Portland atravesado por la gentrificación, donde las voces de la radio recuerdan que incluso trabajando es imposible sostener un techo. En ese clima, Caron articula una odisea urbana que avanza como un recorrido episódico de encuentros y desgracias, a veces más forzados que orgánicos. La tensión funciona en algunos tramos, pero la acumulación de situaciones extremas vuelve el relato mecánico, casi una lista de calamidades urbanas más que una experiencia verosímil.

La fortaleza sigue siendo Kirby. Su Lynette no está diseñada para agradar: es irascible, contradictoria y empujada al límite por un sistema que la devora. El guion de Sarah Conradt esquiva la condescendencia y evita moralizar su precariedad, pero a la vez no logra construirla como algo más que la suma de traumas y urgencias. Caron, por su parte, maneja con acierto los cambios de ritmo: sabe cuándo soltar el vértigo y cuándo detenerse en un rostro agotado. El problema, otra vez, es de fondo: el subtexto social queda reducido a telón de fondo, un decorado útil para justificar la acción, pero sin verdadera hondura crítica.
En su tramo final aparece lo mejor: cuando la adrenalina cede y la película se concentra en el desgaste físico y emocional de la protagonista, Kirby entrega una interpretación que roza lo devastador. Ese clímax insinúa la película que La noche siempre llega podría haber sido: un retrato descarnado de una mujer acorralada por un sistema implacable.
Caron entrega así una obra irregular, ambiciosa pero despareja. Quiere ser denuncia y espectáculo, realismo y estilización, drama social y noir urbano. En esa tensión pierde claridad, aunque deja destellos potentes. La noche siempre llega funciona como un ejercicio valioso y con momentos intensos, pero atrapado entre la crudeza que quiere retratar y la estilización que no sabe soltar.