Este jueves de estrena en cines argentinos la segunda película de los hermanos Danny Michael Phillippou.
Los hermanos Philippou sorprendieron hace un par de años con Talk to Me, una ópera prima que mezclaba traumas adolescentes, almas en pena y portales al más allá. Una película impactante, que conjugaba con precisión el terror psicológico con el visual, pero que también ofrecía una mirada potente sobre la adolescencia, el deseo de pertenecer y el uso de las redes sociales como ritual moderno.
Con Haz que regrese, los Philippou retoman muchos de esos elementos, pero el tono esta vez es más oscuro, más emocional, más denso. Hay otra vez portales, comunicación con los muertos, rituales y jóvenes marcados por la tragedia. Pero ahora el drama se filtra más hondo, más íntimo.

La película abre con una serie de registros en VHS. Imágenes granuladas de lo que parece un ritual satánico. Una joven muere ahorcada frente a cámara. Corte a los créditos. Y entonces conocemos a Piper (Sora Wong), una niña de 13 años con disminución visual. Su hermanastro Andy (Billy Barratt), casi 18, la espera en la puerta del colegio. Llegan a casa y descubren una escena escalofriante: su padre ha muerto en la ducha, envuelto en una nube de vapor.
Huérfanos, Andy reclama la tutela de Piper. Pero la ley lo obliga a esperar tres meses, hasta su mayoría de edad. Mientras tanto, ambos son enviados a vivir con Laura (Sally Hawkins), una terapeuta que los acoge en su casa de las afueras. Allí convive también Ollie (Jonah Wren Phillips), un niño en adopción que no habla y que deambula con gestos inquietantes.
Lo que parece un hogar de tránsito se convierte en un foco de tensión. Laura arrastra un duelo sin cerrar: perdió a su hija Cathy, que también era ciega. Esa coincidencia con Piper enciende su obsesión. La dinámica con Andy se vuelve fría, distante. Todo en esa casa se percibe fuera de lugar: la decoración, los ruidos, los silencios.
Haz que regrese se va oscureciendo con cada escena. Hay una secuencia con Ollie y un cuchillo que es impactante. Pero más allá del impacto, la película trabaja el terror desde la pérdida. Como en Hereditary o Cementerio de animales, la línea entre el duelo y la locura es muy delgada. Laura es madre rota, pero también amenaza latente.
Sally Hawkins deslumbra en un papel radicalmente opuesto al que suele habitar. Laura no es solo monstruo: es víctima de su propio dolor, y por eso la odiamos y la compadecemos casi al mismo tiempo. Su presencia da forma al tono de la película: errático, triste, inestable.
Como en Talk to Me, los Philippou exploran la autoflagelación adolescente, el dolor como vehículo. Andy arrastra un pasado de maltrato y no aceptación, y una culpa que lo corroe por la ceguera de Piper. Son jóvenes vulnerables, atravesados por ausencias y silencios.
Hay agua, vapor, humedad. Pero esta vez, lejos de representar purificación, el agua es umbral de muerte. La película juega con símbolos, pero no abusa. El horror más potente es el que se filtra por los intersticios: una frase dicha a media voz, una mirada demasiado larga, un gesto fuera de lugar.
Haz que regrese no es fácil de ver. Pero tampoco es una película que busque agradar. Es una experiencia que incomoda, duele y asusta. Por momentos es pura víscera; por otros, pura tristeza. Pero nunca indiferente. Los Philippou confirman que el verdadero terror no está en los fantasmas, sino en lo que somos capaces de hacer para no sentirnos solos.