Este jueves se estrena en cines argentinos, una nueva remake de la película de 1984 dirigida por Charles Sellier.
Hay remakes que son puro trámite y otros que vuelven como un recuerdo incómodo, como un trauma que no terminamos de procesar. El nuevo Noche de paz, noche de muerte entra en esa categoría: la de las historias que regresan para mostrarnos cuánto cambió el terror… y cuánto seguimos llevando adentro.
En los 80, Billy era un asesino hecho casi a propósito para molestar a los conservadores de la época. Un chivo expiatorio con hacha que aprovechaba la moral reaganista y su pánico a la juventud “impura”. En esta versión, Billy —interpretado por Rohan Campbell— es otra cosa: no solo mata, sino que parece convencido de que lo hace por un bien mayor. Un monstruo con discurso progresista, un Dexter poseído por una voz que no termina de entender, al puro estilo simbiótico Venom. Nada más contemporáneo que eso: el mal disfrazado de buena intención.
Nelson arranca donde arranca la original: un niño, un Papá Noel asesino, dos disparos que te cambian la vida para siempre. Esta vez no hay sexo ni provocación barata; hay un conserje del hospicio del abuelo que ejecuta a los padres frente al nene. Veinte años después, esa voz —la misma del asesino— sigue dentro de la cabeza de Billy, como si la memoria fuera una maldición que nunca se apaga.

Billy llega a un pueblito llamado Hackett, donde trata de mezclar la huida con una rutina extraña: cada día antes de Navidad selecciona a alguien para sacrificar. No sabemos del todo por qué. Él tampoco. La película insinúa tradiciones ocultas, ritos viejos, algo sobrenatural… pero nunca se decide del todo a meterse en ese terreno. Prefiere sugerir.
Lo que sí se decide es a explorar un vínculo raro y tierno: el que Billy arma con Pamela, Ruby Modine en modo “volcán emocional”. Ella no es la típica chica del slasher; es, de hecho, más peligrosa que él. En la escena en la pista de hockey, cuando les da una paliza a dos pibes, es fácil entender por qué ambos se reconocen: dos almas dañadas que encuentran un respiro en el otro, aunque alrededor todo siga manchado de sangre.
La película funciona mejor cuando se queda ahí, en lo humano, en esa mezcla de heridas viejas y necesidad de afecto. Donde pierde fuerza es cuando intenta sumar mitología o explicaciones. Lo que sí captura —y captura bien— es la sensación de una época donde lo siniestro ya no aparece como monstruo, sino como vecino amable, como tradición familiar, como algo que fingimos no ver para que las fiestas sigan siendo felices.
Quizás por eso este remake termina siendo más interesante que perfecto: no siempre sabe qué historia quiere contar, pero sí sabe de qué mundo viene. Un mundo donde todos creemos ser los buenos.