«Springsteen: Música de ninguna parte»: Nebraska y la tristeza americana

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Este jueves se estrena en cines argentinos la biopic sobre Bruce Springteen, el trovador de la clase obrera norteamericanas.

A veces, las películas sobre músicos no tratan sobre música. Springsteen: Música de ninguna parte, la nueva película de Scott Cooper, parece hablar del éxito, pero en realidad habla del silencio. Bajo la apariencia de un biopic sobre Bruce Springsteen, se esconde una historia sobre la depresión, la soledad y ese cansancio que no se cura con giras ni aplausos.

Cooper, que ya había explorado almas desgastadas en Crazy Heart y The Pale Blue Eye, vuelve a hacerlo desde un lugar íntimo y despojado. No hay drogas, ni excesos, ni redenciones forzadas. Hay una casa vacía, una guitarra y un hombre buscando un sonido que lo salve de sí mismo. Ese sonido es Nebraska, el disco que grabó en 1982, solo, con una grabadora de cuatro pistas, mientras intentaba entender qué le pasaba por dentro.

La película avanza entre dos tiempos: la infancia de Bruce, marcada por un padre violento y distante (Stephen Graham)—una figura de masculinidad rígida y dañina—, y el presente creativo, donde el artista se enfrenta a esos fantasmas sin anestesia. Ahí entra Jeremy Allen White, que traslada su carnalidad y fragilidad de The Bear a la piel de Springsteen. Es el mismo cuerpo contenido, tenso, al borde del colapso. El mismo hombre que carga con una culpa silenciosa, con una mente que no descansa. En ese recorrido aparece Faye (Odessa Young), una madre soltera con la que Bruce mantiene un vínculo fugaz pero humano, una grieta de ternura dentro de tanta oscuridad. Ella representa ese pequeño refugio que nunca termina de concretarse, ese amor que se escapa antes de poder sostenerse.

Scott Cooper filma ese proceso con una humanidad poco habitual en los biopics musicales. Lo que le interesa no es el mito, sino el vacío entre canción y canción. El rostro sudado, la respiración contenida, el momento en que la música no suena porque todavía duele. La relación con su manager Jon Landau (un impecable Jeremy Strong) aporta otro matiz: en vez del choque entre el arte y la industria, entre el dolor genuino y la necesidad de convertirlo en éxito, acá muestra el lado más humano de lo que debería ser un manager: comprensivo y solidario con el artista.

Cooper también juega con referencias cinéfilas que amplían la lectura: la génesis de Born in the U.S.A. surge de un guion que Paul Schrader, el mismo de Taxi Driver, escribió para un film que nunca se concretó y Paul quería que Springsteen protagonice con De Niro. Pero también hay una huella más sutil y emocional: Malas Tierras de Terrence Malick, protagonizada por Sissy Spacek y Martin Sheen, la película que inspiró a Springsteen a escribir la canción “Nebraska”. En ambos relatos se respira la misma América marginal, de almas perdidas y violencia contenida; un paisaje donde la belleza convive con el crimen y la culpa. Y no es casual que Bruce mire La noche del cazador de Charles Laughton, con Robert Mitchum como el mal encarnado: en ese relato sobre el miedo y la herencia paterna se refleja su propia historia.

A pesar del trasfondo rockero, Springsteen no romantiza el sufrimiento. No hay borracheras ni excesos. Apenas un llanto, y recién sobre el final. Es una película sobre el dolor que se acumula en silencio, sobre los hombres que no saben cómo pedir ayuda, sobre la salud mental como campo de batalla íntimo. Música de ninguna parte no busca explicar a Bruce Springsteen: busca entenderlo. Mostrarlo cansado, frágil, con la mente llena de ruido. Un hombre que, antes de ser The Boss, fue solo un hijo tratando de no parecerse a su padre.

Y quizá ahí esté la paradoja: Springsteen: Música de ninguna parte puede decepcionar a algunos fanáticos del artista por la escasa presencia de momentos musicales. No hay himnos, ni estadios, ni épica. En ese sentido, Un Completo Desconocido de James Mangold, sobre Bob Dylan, Rocketman (Elton Jhon) y Better Man (Robbie Williams) supieron equilibrar mejor la pulsión emocional con la celebración de la música. Pero Cooper elige otro camino: el del silencio como espejo del alma. Porque a veces, incluso los más grandes, también necesitan apagar el ruido para poder escucharse.

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