Este jueves se estrena en cines argentinos, la película de Santiago Esteves protagonizada por Pedro Fontaine y Marco Antonio Caponi.
“Quiero tentar el abismo y a la muerte estafar. Volvamos a cero, borrémoslo todo. Y festejemos si mañana me despierto sobrio y feliz…” dice Babasónicos en El colmo, y esa letra podría funcionar como un resumen perfecto del espíritu de Los Renacidos, la nueva película de Santiago Esteves. Porque en el fondo, de eso se trata: de tentar al abismo, de estafar a la muerte y de probar si todavía es posible un renacer después de tanto dolor.
Esteves, que ya había mostrado en La educación del rey su talento para mezclar tensión con sensibilidad, construye ahora un thriller que respira culpa, silencio y redención. La historia gira en torno a dos hermanos distanciados —interpretados por Pedro Fontaine y Marco Antonio Caponi— que comparten un secreto y un negocio: ayudar a personas en peligro a fingir su propia muerte para escapar del país. Un trabajo tan oscuro como simbólico: ofrecer una segunda vida a costa de enterrar la anterior.

Pero todo cambia cuando una deuda pone en riesgo la vida de la mujer y la hija por nacer de uno de ellos. Ahí el relato se vuelve una carrera contrarreloj, una huida hacia adelante en la que el pasado, como siempre, termina alcanzándolos. Lo que parece una historia policial se convierte en una reflexión sobre los vínculos rotos, la culpa y la posibilidad —o no— de empezar de nuevo.
Esteves filma con paciencia, usa los silencios y los gestos como si fueran diálogos. Hay reproches que no se dicen, heridas que se sienten aunque no se nombren. El trabajo físico de Fontaine y Caponi es clave: cuerpos cansados, miradas que cargan con lo que el guion no dice. La cámara los sigue con respeto, dejando que los movimientos y las respiraciones hablen.
Los flashbacks, breves pero certeros, completan el retrato de ese pasado compartido: un padre ausente, una promesa rota, un deseo de fuga que nunca se concretó. El paisaje mendocino —esas montañas filosas, las rutas interminables, los pueblos desolados— se impone como un personaje más. No es un simple decorado: es el reflejo físico de lo que los protagonistas sienten por dentro. Dureza, aislamiento, hostilidad.
En ese entorno seco, cada plano respira amenaza y melancolía. Los Renacidos no busca el golpe de efecto sino el temblor interno, la emoción contenida. Hay tensión pero también hay tristeza, resignación, y esa pregunta que flota todo el tiempo: ¿Se puede volver a empezar cuando lo que te une al otro es el daño?
Santiago Esteves logra que la historia tenga algo universal. En su aparente frialdad late algo profundamente humano. No se trata solo de dos hermanos intentando sobrevivir, sino de dos hombres intentando volver a cero, borrar lo que fueron, encontrar un lugar en el mundo aunque todo parezca perdido. Como en la canción de Babasónicos, hay deseo de fuga, de anonimato, de descanso. “Quiero ser el murmullo de alguna ciudad que no sepa quién soy”.