Tiempo de pagar | Review

Nuestra puntuación

Luego de proyección en el BAFICI, llega a los cines argentinos la ópera prima de Felipe Wein que nos mete en el submundo de los arbolitos porteños.

Tiempo de Pagar se adentra en el oscuro y agitado mundo de los «arbolitos» de la city porteña, un terreno bien explorado por el cine argentino en títulos como Nueve Reinas y Cambio Cambio. En esta ocasión, la historia sigue a Richard (Juan Nemirovsky) —o Ricky, como le gusta que lo llamen—, un «arbolito» de la calle Florida que vive al límite, entre deudas de juego, promesas rotas a su novia y clientes clandestinos que buscan dólares. Pero todo se complica cuando uno de esos clientes desaparece con una gran cantidad de dinero de la financiera, y su jefe, harto de las maniobras de Richard, le da un ultimátum: si no recupera la plata antes de la tarde, estará en serios problemas.

La dirección opta por un estilo frenético, con cámara en mano y planos secuencia, que recuerda al nerviosismo constante del cine de los hermanos Safdie (Uncut Gems y Good time). Seguimos al protagonista mientras recorre las calles porteñas y se zambulle en casas de apuestas clandestinas y casas de empeño, en una desesperada carrera contra el reloj que pone al espectador al borde de la butaca. Juan Nemirovsky logra canalizar el nerviosismo de un personaje al borde de un colapso, un tipo que vive de engaños y pequeños delitos, siempre aparentando que tiene la situación bajo control.

A través de Richard, la película muestra una Argentina donde la obsesión por el dólar y la influencia de lo “norteamericano” reflejan la búsqueda de una salida rápida y desesperada en un contexto de crisis permanente. El apodo “Richard” en lugar de “Ricardo” no es casual, y subraya su aspiración por un estilo de vida que parece tan lejano como sus propias oportunidades de éxito.

De esta manera, Tiempo de Pagar logra capturar la esencia de un sector de la sociedad argentina que vive en una constante supervivencia, entregado a la especulación y el “sálvese quien pueda”. Con esta mirada vertiginosa y llena de tensión, nos asoma a un universo de personajes tan reales como anónimos, figuras que cruzamos todos los días en la ciudad y que, como Richard, no saben vivir de otra manera.

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