Con tan solo cuatro capítulos, la serie británica creada por Philip BaranStetini se estrenó en Netflix.
Desde el primer minuto, Adolescencia pone al espectador en una situación insoportable: un hogar común y corriente se ve sacudido cuando la policía irrumpe y arresta al hijo de 13 años, acusado de asesinato. No hay espacio para la duda ni para los juegos narrativos tradicionales de un thriller. Acá el misterio no es qué pasó, sino cómo se lidia con lo inevitable.
Philip Barantini, quien ya había demostrado su destreza en la tensión con El Chef (2021), vuelve a impresionar con su estilo de plano secuencia, manteniendo al espectador atrapado en cada escena como si fuera parte de la familia que ve su mundo desmoronarse. Stephen Graham brilla como el padre, un hombre que oscila entre la negación y el horror, mientras que Owen Cooper entrega una interpretación escalofriante como Jaime, el niño acusado.
El segundo capítulo da un giro hacia la investigación, llevándonos al colegio donde estudiaban tanto la víctima como el victimario. Ahí la serie expone sin filtros las dinámicas adolescentes: bullying, ciberacoso, los códigos invisibles de las redes sociales y los distintos tipos de violencia que los atraviesan. También deja en evidencia la impotencia de los docentes ante un sistema que muchas veces los deja sin herramientas para intervenir. No se trata solo de un crimen aislado, sino de un ecosistema en el que la agresión y el desamparo están siempre presentes.

Pero es en el tercer episodio donde la serie alcanza su punto más intenso. Sin flashbacks ni escenas de impacto visual, el terror se instala en una simple conversación entre Jaime y su psicóloga. Cada pregunta es un golpe, cada pausa un abismo, y cada respuesta deja al descubierto una mente que funciona de manera diferente. Erin Doherty lleva la escena con una sutileza impresionante, construyendo un duelo psicológico en el que cada palabra pesa como una sentencia.
El último capítulo, en cambio, baja el ritmo y se enfoca en las secuelas del crimen. En el día del cumpleaños número 50 del padre de Jaime, próximo a la sentencia del caso, la familia intenta seguir adelante con una normalidad imposible. Los silencios pesan más que las palabras, los gestos dicen lo que nadie se anima a pronunciar. Un diálogo entre los padres, tratando de entender que fue lo que sucedió con su hijo y los cuestionamientos a sus roles en la crianza del niño. Es un cierre demoledor, donde la serie deja claro que no hay redención ni vuelta atrás, solo la aceptación de una realidad insoportable.
Adolescencia no busca respuestas fáciles ni moralejas. No pretende justificar, pero tampoco demonizar. Su verdadero horror está en esa grieta entre lo que entendemos y lo que nunca vamos a poder comprender. Y en cómo, a veces, el peor miedo no está en el crimen, sino en la imposibilidad de explicar lo que lo llevó a ocurrir.