Territorio: violencia, poder y lealtades en el cine de Campusano

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Este jueves se estrena en cines argentinos la última película del director de Vikingo, El Azote y Bajo Mi Piel Morena, entre otras.

José Celestino Campusano vuelve a sumergirse en los márgenes de la sociedad con Territorio (2024), una película que retrata la violencia estructural de los pueblos bonaerenses donde la política, el boxeo y la lealtad se entrelazan en una lucha de poder constante. Su cine, siempre crudo y directo, se aleja de cualquier embellecimiento para mostrar la realidad sin filtros ni concesiones.

Román (Gustavo Vieyra) es un exboxeador y militante político que sobrevive entre peleas clandestinas y trabajos como guardaespaldas de figuras locales. Recluta jóvenes marginales con la promesa de hacerlos vivir del boxeo, aunque en el fondo también busca su propio beneficio. A su alrededor, la violencia es omnipresente: si no la está enseñando o recibiendo en el ring, la ejerce en la política, donde actúa como referente en temas de seguridad para el partido justicialista. Es un hombre que, aunque reniega de su entorno, se mueve con naturalidad en él, siempre listo para atacar o defenderse.

Pero la violencia no se queda en lo público, sino que atraviesa también su vida privada. La relación con su hijo es un reflejo de ese legado: ¿qué aprende un joven de alguien que ha hecho de la agresión su herramienta de supervivencia? Román lo sabe. Y aunque pueda avergonzarse de ello, solo él puede decidir si quiere romper con ese ciclo.

El conflicto se intensifica con la llegada de Soria y Vásquez, dos figuras del boxeo que también operan como fuerzas de choque de un partido opositor. La rivalidad entre ellos convierte a Román en el epicentro de una espiral de violencia e intereses cruzados, donde el ring deja de ser solo un escenario deportivo para convertirse en una metáfora del enfrentamiento constante por la dignidad y el poder.

Campusano, fiel a su estilo, construye un relato basado en hechos reales que rara vez encuentran lugar en la pantalla grande. Con una puesta en escena austera pero efectiva, potencia la sensación de hostilidad en la que los personajes están inmersos. La música de Claudio Miño y la fotografía de Federico Jacobi refuerzan esa atmósfera opresiva, donde la tensión nunca cede.

Con Territorio, el director reafirma su apuesta por un cine socialmente comprometido, alejado de los convencionalismos de la industria, pero profundamente arraigado en una realidad que pocos se animan a contar. Un drama que no solo entretiene, sino que interpela y deja huella.

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