Dead Man´s Wire: Cuando el crimen se vuelve espectáculo

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Bill Skarsgård se luce en la nueva película del director de Mi Mundo Privado, En Busca del Destino, Elefante, Milk y Paranoid Park, entre otras.

En Dead Man’s Wire, Gus Van Sant vuelve a explorar un hecho real con su mirada siempre curiosa sobre los márgenes de la sociedad y el poder de los medios. Ambientada en los años 70 y protagonizada por Bill Skarsgård, la película reconstruye el caso de un hombre común que, tras ser estafado por una financiera, decide tomar una medida extrema para recuperar lo que considera suyo.

Tony Kiritsis (Bill Skarsgård) había invertido sus tierras en un proyecto inmobiliario que prometía convertirlo en socio de un gran centro comercial. Pero cuando el negocio comienza a derrumbarse y los créditos lo asfixian, la financiera se queda con todo. Desesperado, el hombre elabora un plan: secuestrar al hijo del empresario responsable y convocar a los medios —especialmente a una radio local de Indianapolis— para hacer público su reclamo. Su exigencia es simple: que le devuelvan el dinero y que la empresa reconozca públicamente la injusticia cometida.

A partir de ese punto, la película se convierte en un tenso estudio sobre la relación entre crimen, medios y opinión pública. A medida que el caso se vuelve mediático, la percepción del protagonista cambia constantemente: para algunos es un criminal, para otros un hombre desesperado enfrentando a un sistema financiero abusivo. En ese juego de interpretaciones, los medios funcionan como amplificadores y manipuladores del relato.

El film dialoga inevitablemente con clásicos como Dog Day Afternoon de Sidney Lumet, donde el secuestro también se transforma en un espectáculo público. Van Sant refuerza esa dimensión mediática mediante un recurso formal interesante: el relato cambia constantemente de formato visual, alternando entre imágenes con estética VHS —simulando material televisivo de archivo— y encuadres cinematográficos más amplios. Esa mezcla de texturas y formatos ayuda a recrear el clima de la década del 70 con notable precisión.

El corazón de la película, sin embargo, es la interpretación de Skarsgård. Su trabajo logra que el personaje resulte complejo y creíble: un hombre atrapado entre la desesperación, la necesidad de justicia y la exposición mediática que termina amplificando su tragedia.

Narrada de forma cronológica y acompañando también el impacto posterior del caso en la sociedad, Dead Man’s Wire confirma a Van Sant como un narrador inquieto, capaz de combinar tensión dramática, comentario social y experimentación formal.

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