Implacable: El eco de los errores y la redención tardía

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Este jueves se estrenó en cines argentinos la última película protagonizada por Liam Nesson, dirigida por el noruego Hans Petter Moland.

En Implacable, Liam Neeson se reinventa en un papel muy distinto al de sus últimas producciones. Aquí interpreta a Thug, un ex boxeador convertido en gángster que, debido a una enfermedad incurable, empieza a olvidar y a enfrentar los errores de su pasado, especialmente el abandono de su familia. Su viaje se vuelve una lucha interna cuando se cruza en su camino una mujer con un pasado igualmente oscuro, que termina acompañándolo en esta travesía de redención.

A diferencia de sus papeles llenos de acción en películas como Búsqueda Implacable o Sin Escalas, en Implacable todo transcurre con una calma casi melancólica. La historia se desplaza lentamente, con algunos destellos de enfrentamientos, pero es en los diálogos entre sueños —que hacen eco de recuerdos de su padre— donde Thug revela su vulnerabilidad. La película destaca por mostrar cómo la edad y la enfermedad hacen de él un número más en el sistema, un peón desechable para su jefe (Ron Perlman), lo que lo empuja a buscar un nuevo propósito y, en cierto modo, redimirse ayudando a otros en ese mundo oscuro.

Aunque el ritmo pausado y algunos giros predecibles pueden hacer que la tensión se disipe en momentos clave, Neeson ofrece una actuación cargada de melancolía y determinación que nos recuerda la fragilidad de la condición humana. Implacable se siente más como un estudio íntimo de un hombre que ha perdido casi todo, que como una película de acción convencional.

Implacable es un drama introspectivo que se aleja de los espectáculos de acción a los que Neeson nos tiene acostumbrados, para explorar sus demonios internos. Si bien su narrativa lenta y algunos clichés pueden restarle fuerza, la interpretación de Neeson y la búsqueda de redención de Thug son un recordatorio poderoso de que, incluso en un mundo implacable, siempre hay una oportunidad para cambiar.

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