Producida por James Wan y dirigida por Oz Perkins, este jueves se estrena en cines argentinos la adaptación cinematográfica del clásico cuento de Stephen King.
Inspirada en un relato de Stephen King publicado en Gallery en 1980 e incluido en Skeleton Crew, El Mono nos sumerge en una historia perturbadora y sangrienta. La película narra la historia de dos hermanos gemelos, Peter y Dennis, que encuentran un viejo mono de juguete, legado de su padre, y ese descubrimiento desata una serie de eventos macabros que parecen predestinados por las cicatrices de su infancia.
La película abre con un prólogo ambientado en 1999, en el que Christian Convery (Gus de Sweet Tooth) interpreta a dos hermanos mellizos, Hal y Bill, con personalidades completamente opuestas: uno, víctima del bullying, y el otro, manipulador y sádico. Este inicio extenso nos prepara para ver cómo, 25 años después, el juguete se transforma en el catalizador de «accidentes» fatídicos, con escenas de gore que van desde cuerpos mutilados hasta incendios y descuartizamientos, en un ambiente que evoca el terror de tragedia inevitable, al estilo de Destino Final o Smile.

La película mezcla ese toque oscuro y macabro con humor negro, recordándonos las comedias de terror de Sam Raimi o el splatter horror de la productora Troma. Además, retoma temas clásicos de King: los traumas de la infancia y la ausencia de figuras paternas, ese eterno “fui a comprar cigarrillos y nunca volvió” que resuena en cada recoveco de la historia.
Tras un salto temporal, Theo James asume un doble papel interpretando a los hermanos Hal y Bill, dos personaje que oscila entre la inocencia perdida, la obsesión de venganza, el peso de la paternidad y la corrupción de la adultez. La narrativa también se enriquece con algunos cameos sorprendentes: Adam Scott aparece como Petey, el hijo adulto de Hal, y Elijah Wood encarnando a un padre sustituto.
La dirección, a cargo de Oz Perkins, hijo de Anthony Perkins, se aleja del terror psicológico de sus producciones anteriores (Longlegs con Nicolas Cage, la más conocidaa) y se arriesga al combinar humor, violencia y drama en una historia que, en ciertos momentos, cae en clichés y giros previsibles. Sin embargo, esos detalles –como los trajes de piloto y policía que recuerdan la figura omnipresente de un padre ausente– le otorgan a la película una atmósfera densa y cargada de significados, que conecta los traumas del pasado con el presente.
En definitiva, El Mono es una interesante fusión de gore, humor negro y un inconfundible eco del terror de los 90. Aunque tropieza en clichés, su mezcla de elementos oscuros y reflexivos logra crear una experiencia cinematográfica que, a pesar de sus fallas, no deja indiferente a nadie.