En el marco del BAFICI, dentro de la Sección Familias, se estrenó el documental de Dario Doria.
Después de sorprender con la película stop motion Vicenta, Darío Doria vuelve al documental con La espera, una obra que se mete en un terreno incómodo, poco visibilizado y profundamente doloroso: el de la adopción de niños que ya no son “elegibles”. Niños de tres, cuatro años o más, que crecen en hogares, que esperan.
En las letras finales del documental se puede leer que cerca de 10.000 chicos en Argentina viven bajo este sistema, aguardando una familia que muchas veces nunca llega. Y es desde ese lugar donde Doria construye una película tan austera como potente. Porque La espera toma una decisión formal clave: no mostrar rostros.
No hay cabezas parlantes; no hay entrevistas tradicionales. Solo voces. Testimonios de abogados, docentes, psicólogos, asistentes sociales, familias adoptantes y también de madres atravesadas por historias durísimas, muchas de ellas marcadas por la exclusión, las adicciones y la imposibilidad de sostener la crianza.
Mientras esas voces nos atraviesan, la imagen muestra otra cosa: espacios vacíos. Hogares, escuelas, plazas, pasillos judiciales. Lugares habitados por esos chicos… que nunca vemos. Y ahí aparece el verdadero gesto de la película. Ese fuera de campo no es casual. Es conceptual. Es político. Es emocional. Porque La espera no solo habla de esos niños invisibilizados, sino que nos hace sentir esa ausencia. Nos pone en ese lugar incómodo de esperar algo que no llega. De querer ver… y no poder. El título no podría ser más preciso. Es la espera de ellos. Pero también es la nuestra.
En lo narrativo, el documental avanza como un mosaico de testimonios que van armando un panorama complejo: un sistema que muchas veces no da abasto, procesos burocráticos eternos, prejuicios sociales y una realidad que queda fuera del radar. No hay golpes bajos innecesarios. No los necesita. La fuerza está en lo que se cuenta. Y en cómo se cuenta.
Desde lo formal, Doria construye una película sobria, medida, pero efectiva. Cada plano tiene sentido. Cada silencio pesa. La Espera es un documental duro, triste y necesario. Un recordatorio de que hay historias que el cine tiene la obligación de contar. Y que hay realidades que, aunque no se vean, están ahí. Esperando.