Este jueves se estrena en cines argentinos la película japonesa inspirada en el videojuego independiente de 2023.
En esta nueva ola expansiva que vive el cine de terror, donde Hollywood parece haberse apropiado nuevamente de las posesiones demoníacas, los exorcismos y los grandes aparatos sobrenaturales, el terror japonés vuelve a encontrar otro camino. Uno mucho más minimalista, psicológico y profundamente inquietante. Con Exit 8, producción de Genki Kawamura —responsable de títulos como Your Name— el género vuelve a meterse de lleno en un terreno que viene creciendo cada vez más dentro del horror contemporáneo: el terror liminal. Y lo hace además adaptando el videojuego independiente homónimo lanzado en 2023, un fenómeno pequeño pero muy comentado dentro del universo gamer y del cine de horror experimental.
¿Y qué es el terror liminal? La liminalidad refiere a esos espacios de tránsito que existen entre un punto y otro. Lugares pensados para permanecer apenas unos minutos: una estación de subte, un estacionamiento, el pasillo de un cine, el hall de un edificio. Espacios que deberían ser temporales, pero donde el horror aparece justamente cuando quedamos atrapados en ellos, suspendidos, sin salida posible. Ahí es donde lo cotidiano empieza lentamente a deformarse y lo familiar se vuelve extraño.
La película sigue a un joven que, mientras viaja en subte, recibe una noticia inesperada: su exnovia está embarazada. Ese dato empieza a carcomerle la cabeza. La posibilidad de una paternidad no deseada, el pasado regresando, la sensación de una vida que quizás estaba tomando un rumbo distinto. Mientras el vagón avanza lleno de pasajeros completamente absorbidos por sus celulares y sus propias rutinas, el protagonista termina descendiendo a un pasillo subterráneo donde comienza la verdadera pesadilla.
Porque ahí aparece la gran idea de Exit 8. Para encontrar la salida 8 deberá detectar anomalías mínimas en un espacio que se repite una y otra vez. Un cartel distinto. Un rostro cambiado. Una figura fuera de lugar. Si falla, vuelve al inicio. Y otra vez. Y otra vez. La repetición transforma el espacio en amenaza. El pasillo deja de ser un simple lugar de tránsito para convertirse en una extensión de su propia ansiedad mental, una cárcel psicológica donde el espectador también empieza a desconfiar de lo que está viendo. La película trabaja muchísimo sobre esa disonancia cognitiva: mirar obsesivamente los detalles, buscar diferencias, empezar a creer que algo está mal aunque no sepamos exactamente qué.

En ese sentido, Exit 8 dialoga directamente con The Backrooms, la serie de cortometrajes creados por Kane Parsons en YouTube durante 2022, que transformaron esos pasillos infinitos y vacíos en una de las imágenes más representativas del terror liminal moderno. Aquellas “trastiendas” interminables, donde uno parecía quedar atrapado para siempre, terminaron convirtiéndose en un fenómeno viral tan grande que incluso hoy ya se encuentra en desarrollo una adaptación cinematográfica dirigida por el propio Parsons.
Pero mientras The Backrooms trabajaba el miedo desde el espacio infinito y despersonalizado, Exit 8 agrega algo más humano: el miedo al futuro, al encierro emocional, a esa sensación de no saber hacia dónde va la propia vida. Incluso las figuras que aparecen dentro del recorrido —ese hombre misterioso, ese niño que se cruza constantemente en los pasillos— funcionan como manifestaciones de esa angustia interna que el protagonista intenta evitar. Desde lo formal, la película apuesta a la austeridad absoluta. Planos cerrados, iluminación fría, pasillos interminables y una repetición constante que termina generando una atmósfera hipnótica y profundamente incómoda. Todo parece mínimo… pero nada se siente seguro.
Y ahí aparece uno de sus mayores logros. Porque Exit 8 convierte algo tan cotidiano como caminar por un pasillo de subte en una experiencia angustiante. Hace partícipe al espectador, lo obliga a mirar, a detectar, a frustrarse junto al personaje cada vez que siente que estuvo cerca de encontrar la salida correcta. Es una película juguetona, inteligente y muy consciente de sus recursos. Un ejercicio de terror psicológico que entiende perfectamente cómo transformar lo cotidiano en pesadilla. En tiempos donde el género parece necesitar monstruos gigantes o grandes explosiones sobrenaturales para generar impacto, el cine japonés vuelve a demostrar que a veces alcanza solamente con un pasillo vacío… y la sensación de no poder salir nunca más.