Este jueves se estrena en cines la nueva película de Alejandro González Iñairritu protagonizada por Tom Cruise.
Puede gustar o no. Puede resultar por momentos pretenciosa, demasiado explícita o, por el contrario, excesivamente metafórica. Pero hay algo que resulta difícil discutir cuando uno se enfrenta a una película de Alejandro González Iñárritu: el talento y la necesidad permanente de romper con las formas conocidas del cine. Sus películas pueden funcionar mejor o peor, pero casi siempre generan discusión, abren debates y obligan al espectador a tomar alguna posición frente a lo que está viendo.
Después de Bardo, Iñárritu vuelve a filmar en Estados Unidos y arma una combinación bastante particular: un director proveniente del cine mexicano, con una enorme libertad artística, trabajando junto a una de las mayores estrellas del cine mainstream. Tom Cruise interpreta a Digger Rockwell, un magnate petrolero millonario, grotesco y desmedido, cuya actividad extractiva desencadena una catástrofe ambiental. Un gigantesco bloque de hielo se desprende y amenaza con provocar una tragedia de dimensiones globales.
A partir de ahí, Digger se transforma en una película sobre el desastre climático, pero también sobre la codicia, el poder y las narrativas que construimos para justificar nuestras propias acciones. Digger deberá enfrentarse a científicos, militares y dirigentes políticos mientras intenta demostrar que puede convertirse en el salvador de una humanidad a la que, paradójicamente, él mismo ayudó a poner en peligro. John Goodman, como el presidente, y Riz Ahmed, como el científico Ganesh, forman parte de ese particular tablero de poder.

Pero Iñárritu no parece interesado únicamente en hablar del cambio climático. Lo que realmente le interesa es observar cómo una sociedad construye sus discursos alrededor de una crisis. El enfrentamiento entre quienes defienden el extractivismo y quienes denuncian sus consecuencias aparece atravesado por discursos políticos, radicalizaciones y una maquinaria de poder que convierte cualquier tragedia en una batalla ideológica. Y ahí aparece uno de los elementos más provocadores de la película: sus personajes son tan grotescos que por momentos parecen caricaturas, aunque basta mirar un poco alrededor para comprobar que la realidad muchas veces supera a la ficción.
Ese es quizás uno de los grandes juegos que propone Digger. ¿Dónde termina la sátira y dónde comienza la realidad? Iñárritu construye un mundo artificial, exagerado y absurdo, pero al mismo tiempo lo llena de situaciones y personajes que parecen demasiado familiares. La película se ríe de aquello que vemos todos los días en las noticias y en los discursos políticos, pero la risa se vuelve incómoda cuando entendemos que quizás no estamos viendo una exageración, sino apenas una versión estilizada de lo que ya vivimos.
Y en el centro de todo está Tom Cruise. Es una actuación completamente diferente a lo que estamos acostumbrados a ver de él, mas cercano al Les Grossman de Tropic Thunder. Cruise se transforma física y gestualmente para construir a Digger, un personaje desbordado, extravagante y por momentos ridículo, pero que también esconde otras dimensiones. Hay además un elemento narrativo que atraviesa su personaje y que conviene no revelar, porque resulta fundamental para entender qué es lo que Iñárritu está intentando decir sobre el arte, la representación y la manera en que construimos nuestros propios relatos. La película utiliza ese juego para preguntarse qué lugar ocupa el arte dentro de una sociedad que necesita permanentemente inventar historias para comprenderse.
Y ahí Digger se vuelve todavía más interesante. Porque detrás de la sátira ambiental aparece una reflexión sobre el poder de las narrativas: quién cuenta una historia, cómo la cuenta y qué hacemos nosotros con ella. Iñárritu no se limita a señalar con el dedo al magnate petrolero o al político de turno; también observa a una sociedad que consume esas imágenes, discursos y relatos como si fueran otra forma de entretenimiento.
Visualmente, la película es descomunal. Emmanuel Lubezki vuelve a trabajar con Iñárritu y construye una imagen que parece deliberadamente artificial, casi de pesadilla, donde cada encuadre tiene una composición cuidada al extremo. Filmada íntegramente en VistaVision, Digger apuesta por una escala visual enorme y por una puesta en escena que muchas veces parece reírse de aquello que está mostrando.
Y probablemente ahí esté la mayor virtud y también el mayor riesgo de la película. Iñárritu subraya muchísimo. Hay momentos en los que explica demasiado aquello que ya había conseguido transmitir con una imagen o una situación. Pero al mismo tiempo, esa falta de sutileza forma parte de su propuesta. Digger quiere ser polémica, quiere incomodar y quiere que discutamos sobre lo que estamos viendo. No busca necesariamente que todos salgamos de la sala pensando lo mismo.
Es una película que probablemente genere amores y odios, algo que tampoco debería sorprender viniendo de Iñárritu. Lo importante es que vuelve a hacer algo que su cine siempre intentó: no dejar al espectador indiferente. Puede ser excesiva, pretenciosa, brillante o irritante, a veces todo al mismo tiempo. Pero detrás de cada exceso hay un director que sigue buscando nuevas formas de contar y una película que utiliza el espectáculo, la sátira y el absurdo para preguntarnos algo bastante incómodo: si el mundo que habitamos ya parece una parodia, ¿qué tan lejos puede llegar la ficción para conseguir que volvamos a reconocerlo?