El corazón de la bestia: hombre, perro y naturaleza

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Este jueves se estrena en cines argentinos la película de David Ayer protagonizada por Brad Pitt y un ovejero alemán.

El cine ha construido a lo largo de los años un verdadero universo alrededor de los perros. Hay algo en la presencia de un animal en pantalla que genera inmediatamente una conexión especial con el espectador. Y si además ese perro tiene que atravesar una situación extrema junto a su dueño, la película ya tiene buena parte de la batalla ganada. David Ayer lo sabe y en El corazón de la bestia vuelve a un territorio que conoce muy bien: el de los hombres marcados por la guerra, la camaradería y la supervivencia.

Ayer primero fue guionista destacado, enfocado en los relatos sobre personajes de las fuerzas policiales dentro de la dinámica de barrios marginales (Training Day y la adaptación de SWAT) pero también es un director acostumbrado al cine de acción y al universo militar, con mucho foco en ex-marines (Harsh Times). Ya había trabajado con Brad Pitt en Fury, aquella película de guerra en la que un grupo de soldados quedaba atrapado dentro de un tanque en territorio enemigo. Después de algunos tropiezos en su carrera, El corazón de la bestia parece también un intento de recuperar ese terreno en el que el director se siente más cómodo, aunque esta vez cambia el campo de batalla por la naturaleza salvaje de Alaska y suma un compañero que termina robándose completamente la película: Odin, un pastor alemán entrenado como perro de combate.

James Belmont (Brad Pitt) y Odin son dos veteranos de guerra. Ambos llevan las marcas de aquello que vivieron y, ya retirados, intentan encontrar una vida tranquila lejos de todo. Alaska aparece entonces como el lugar perfecto para desaparecer del mundo: ríos, montañas, bosques y una naturaleza monumental que funciona como escenario, pero también como un personaje más. Sin embargo, el viaje se transforma en una pesadilla cuando un accidente aéreo los deja aislados y obliga a los dos a emprender un largo recorrido para volver a la civilización.

A partir de ese momento, El corazón de la bestia encuentra su identidad. La película se convierte en un relato clásico de supervivencia: el hombre contra la naturaleza. El camino está lleno de obstáculos, accidentes y amenazas, desde los osos hasta los lobos, pasando por los propios límites físicos de un hombre que intenta sobrevivir en un territorio que no perdona errores. Y es ahí donde David Ayer demuestra nuevamente su capacidad para filmar acción. Algunas secuencias, como los ataques de los lobos o el paso por los rápidos, tienen tensión y están construidas con buen pulso.

Pero si hay alguien que se roba la película es Odin. El perro es, en realidad, el corazón de la historia. Interpretado por cuatro pastores alemanes —con Uber como el principal—, el animal consigue transmitir buena parte de aquello que el guion necesita sin decir una sola palabra. La relación entre James y Odin funciona porque no está planteada simplemente como la de un hombre y su mascota: son dos seres que atravesaron juntos la guerra, que cargan con sus propios traumas y que ahora dependen nuevamente el uno del otro para sobrevivir.

Brad Pitt acompaña muy bien esa dinámica. Su James es un personaje contenido, marcado por el pasado y que encuentra en Odin una especie de compañero, familia y último vínculo con una vida que todavía puede construir. La película entiende que la lealtad entre ambos es mucho más potente cuando no necesita ser explicada permanentemente. En los momentos en los que simplemente vemos a los dos avanzar por el paisaje, descansar o cuidarse mutuamente, El corazón de la bestia encuentra sus mejores momentos.

Y también está Alaska. O, mejor dicho, la naturaleza que representa Alaska. La fotografía aprovecha esos paisajes enormes para convertir la supervivencia en algo visualmente hipnótico. Montañas, bosques, ríos y nieve funcionan como un contraste permanente con la pequeñez de los protagonistas. La película consigue transmitir esa sensación de estar completamente solos frente a una naturaleza que puede ser hermosa y, al mismo tiempo, brutal.

El problema aparece cuando Ayer decide volver demasiado explícitamente al relato bélico. Los flashbacks que muestran el pasado de estos soldados y las heridas que todavía cargan funcionan, porque ayudan a entender el vínculo entre James y Odin. Pero hacia el tramo final la película insiste demasiado con ese costado y termina convirtiéndose en una suerte de pasquín sobre la guerra, los soldados y el papel de los perros en los conflictos armados. Y ahí pierde un poco del encanto que había construido cuando simplemente era una aventura de supervivencia.

Porque El corazón de la bestia funciona mejor cuando no necesita explicar demasiado. Cuando es Brad Pitt caminando por Alaska junto a un pastor alemán. Cuando son dos compañeros intentando llegar a casa. Cuando la amenaza es un oso, una jauría de lobos, un río o el frío. Cuando la película se concentra en esa lucha primitiva del hombre contra la naturaleza y en la relación de confianza absoluta entre un hombre y su perro.

David Ayer trabaja con una estructura clásica y reconocible, pero la ejecuta con suficiente oficio como para convertirla en una aventura entretenida, con buenas escenas de acción y un vínculo emocional que funciona. Y si al final el exceso de discurso bélico le quita algo de fuerza al conjunto, queda una película sobria sobre la supervivencia, la lealtad y ese vínculo inexplicable que el cine conoce muy bien: el que existe entre un hombre y su perro.

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