Este jueves se estrena en cines argentinos la secuela del film del 2006, protagonizada por Anne Hathaway, Meryl Streep, Emily Blunt y Stanley Tucci.
Hay películas que trascienden su tiempo. Que dejan de ser solo cine para convertirse en parte de la cultura. El diablo viste a la moda es una de ellas. Dirigida por David Frankel, aquella historia no solo construyó un universo alrededor de la moda, sino que dejó personajes icónicos como Miranda Priestly, interpretada de manera inolvidable por Meryl Streep.
Casi 20 años después, El diablo viste a la moda 2 vuelve con todos sus nombres fuertes: Anne Hathaway como Andy Sachs, Emily Blunt como Emily, Stanley Tucci como Nigel… y, claro, Miranda. Pero el mundo ya no es el mismo. Andy ahora es una periodista consolidada en Nueva York. Sin embargo, en un contexto donde el periodismo gráfico se derrumba, es despedida junto a toda su redacción. Ese es el punto de partida para su regreso a Runway, una revista que también está en crisis.
Y ahí aparece el gran tema de la película. Si la original hablaba de crecimiento personal dentro de un entorno hostil, esta secuela amplía el foco: ya no es solo Andy contra Miranda, sino todo un sistema laboral en transformación. La gráfica en caída. Las redes sociales imponiendo el ritmo. El contenido fugaz. La precarización laboral. Incluso Miranda —esa figura implacable— empieza a mostrar grietas. Ya no puede manejarse con la misma impunidad. Hay recursos humanos, hay nuevas reglas, hay un mundo que la obliga a adaptarse. Y eso la vuelve más interesante.

La película se mueve entre la nostalgia y la actualización. Hay guiños a la original, momentos de comedia que funcionan —sobre todo en el reencuentro entre Andy y Miranda—, pero también una decisión clara de ir hacia un terreno más complejo. Menos banal. Más incómodo.
La trama se articula en torno a la supervivencia de Runway: cambios de mando, tensiones empresariales, nuevos jugadores — Stuart, el personaje de Kenneth Branagh, pareja de Miranda, Benji Barnes, un excéntrico magnate de la informática interpretado por Justin Theroux, Sacha Barnes, la ex representado por Lucy Liu y el hijo de Irv, a cargo de B.J. Novak — y una industria que ya no sabe bien cómo sostenerse. A ellos se le suman cameos de gente de la moda, como Donatella Versace y la aparición musical de Lady Gaga.
En ese contexto, la relación entre Andy y Miranda vuelve a ponerse en juego. Pero ya no desde la ingenuidad de antes, sino desde la experiencia, desde el desencanto, desde entender que el mundo laboral también puede ser un terreno de desgaste. También aparece el tema empresarial y las negociaciones por la compra de Runway, con una impronta muy Succession que enriquecen el relato. Al abarcar temas más interesantes, hay subtramas que quizás se diluyen —como el vínculo amoroso de Andy—, pero el núcleo funciona.
Porque El diablo viste a la moda 2 toma un riesgo: dejar de ser solo una comedia de moda para convertirse en una película sobre el trabajo hoy. Y eso, en el cine actual, no es poco. Divertida, amena, con momentos de nostalgia bien jugados, pero también con una lectura más adulta y crítica del presente. La moda cambia. Las reglas también. Y Miranda… sigue siendo Miranda.