Este jueves se estrena en cines la esperada película de la serie animada creada por Cristian Ponce.
Desde su aparición como serie web, La Frecuencia Kirlian se convirtió en un pequeño fenómeno de culto dentro de la cultura pop argentina. Creada por Cristian Ponce, con ilustraciones de Hernán Bengoa, ese universo oscuro, nocturno e inquietante encontró en lo breve una potencia difícil de replicar. Dos temporadas. Diez episodios. Y una identidad clarísima. Una radio perdida en la noche. Un locutor. Historias de fantasmas, apariciones, vampiros, extraterrestres, todo en torno a un pequeño pueblo ubicado en algún lugar de Argentina. Un tono que remitía directamente a ese imaginario entre lo cotidiano y lo sobrenatural, muy cercano al universo de Stephen King, pero con una impronta local, reconocible.
Después de años de espera, finalmente llega La Frecuencia Kirlian. Y el gran desafío era evidente: cómo expandir ese formato sin perder su esencia. La respuesta es clara: ampliando el mundo. La película retoma el formato episódico pero esta vez construir un relato más integrado, que arranca el 30 de abril de 1987, en «la noche del cometa» cuando Kirlian deja de existir, con registros que quedaron grabados de oyentes que relataban lo que venía sucediendo en el extraño pueblo, antes de desaparecer y no dejar registros en los mapas.

Las distintas historias empiezan a conectarse entre sí, no son solo relatos aislados, sino piezas de un mismo universo que se va revelando de a poco. Y ahí aparece lo interesante. Porque Kirlian deja de ser solo un espacio de narración para convertirse en un lugar concreto, marginal, atravesado por problemáticas mucho más reales. La película introduce capas nuevas: violencia, tensiones sociales, negocios inmobiliarios, abusos de poder, uso de agrotóxicos, bullying, violencia policial y gatillo fácil. Todo conviviendo con lo fantástico. Lo sobrenatural ya no es solo misterio.
En lo formal, también hay un corrimiento. Se mantiene la estética animada oscura, de luces y sombras, pero se incorporan elementos más “humanos”, actores reales: Adriana Ferrer como Gladys Mounier, la directora del Colegio Nacional; Luciano Guglielmino como Julio Vergara, un agente inmobiliario; Lucía Arreche como Paz Núñez, una activista social; Germán Baudino como Vicente Larrosa el director propietario de FM Claridad, competencia de la FM 96.6: Edgardo Desimone como Abel Eldritch, el extranjero, hermano de Caín; y, por supuesto Nicolás Van De Moortele y Nicolás Pérez como locutores. Todos presencias más concretas, incluso una sensación de mayor cercanía con quienes cuentan y habitan esas historias.
El fuera de campo —tan potente en la serie— se reduce un poco para darle lugar a una construcción más narrativa, más directa. Y eso puede dividir Porque parte del encanto original estaba en lo que no se veía, en lo sugerido, en ese minimalismo que hacía trabajar la imaginación. Acá hay una apuesta distinta, más ambiciosa y más expansiva. Pero también coherente con el paso al formato largometraje.
La Frecuencia Kirlian no busca repetir la serie, busca crecer. Y en ese intento, logra sostener su identidad, su atmósfera y ese tono único que la convirtió en objeto de culto. Quizás ya no sea solo una voz en la radio. Ahora es todo un mundo. Y sigue siendo igual de inquietante.