Este jueves se estrena en cines argentinos la película dirigida por Lorenzo «Toto» Ferro y Lucas Vignale.
En Simón de la Montaña, Lorenzo “Toto” Ferro ya había mostrado cierta curiosidad por acercarse a mundos que los grandes medios suelen dejar fuera de campo. Espacios semimarginales, personajes que sobreviven en los bordes y vidas que pocas veces encuentran una representación en las pantallas. Algo similar sucedía con Lucas Vignale, mano derecha de Gaspi, aquel recordado youtuber que recorría las calles porteñas con una cámara y una mirada desfachatada, internándose en los márgenes de la noche y encontrándose con personajes que difícilmente aparecían en otro lugar. Ambos encontraron en el cine otra manera de mirar esos mundos. Y El Tren Fluvial funciona, en ese sentido, como una confirmación de esa búsqueda.
La película sigue a Milo, un niño de un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires que pasa sus días practicando malambo. Su padre lo somete a una disciplina casi militar alrededor de una danza que debería ser expresión cultural y disfrute, pero que dentro de esa casa se convierte en otro mandato. Milo, sin embargo, sueña con otra cosa. Quiere ser artista. Quiere trascender. Quiere escapar de ese lugar que parece haber decidido de antemano quién debe ser.
Entre películas argentinas que funcionan como ventanas hacia otros mundos —en una de ellas puede verse Soñar, soñar (1976), de Leonardo Favio, protagonizada por Carlos Monzón—, Milo empieza a imaginar una vida diferente. Hasta que decide romper con esa monotonía de la manera más infantil y, al mismo tiempo, más cinematográfica posible: coloca un polvo en la comida de su familia para hacer que todos se duerman y emprende la fuga. El tren será entonces el vehículo de ese escape, pero también el comienzo de un viaje hacia un mundo que Milo imagina de una manera y que pronto descubrirá muy diferente.

La llegada a la gran ciudad lo enfrenta con personajes extraños, noches marginales, castings insólitos y sucesivas decepciones. Pero El Tren Fluvial nunca abandona del todo la mirada de ese niño que todavía observa el mundo con una mezcla de curiosidad, ingenuidad y esperanza. Allí aparece una de las mayores virtudes de la película: Vignale y Ferro no miran a Milo desde arriba, ni convierten su aventura en una simple historia de iniciación. La película intenta conservar la sensibilidad con la que un chico puede imaginar que todo es posible.
Hay algo del cine de Leonardo Favio en esa mirada sobre los sueños de quienes parecen condenados a permanecer en un lugar determinado. También aparecen ecos del universo de Luis Ortega, particularmente en la manera de construir personajes extraños, marginales y desbordados que habitan espacios donde las reglas del mundo convencional parecen dejar de funcionar. Pero El Tren Fluvial no se limita a imitar esas influencias. Las utiliza como parte de un imaginario cinematográfico propio, construido desde un lugar mucho más pequeño, íntimo y artesanal.
Y quizás allí esté una de las claves de la película. Porque El Tren Fluvial transmite constantemente la sensación de estar hecha con las herramientas que se tienen a mano. Hay una ingenuidad formal que lejos de jugar en contra termina convirtiéndose en parte de su identidad. La película parece recordar que para filmar no siempre hace falta esperar a tener todos los recursos, el equipo perfecto o las condiciones ideales. A veces alcanza con tener una historia, algunos personajes y la necesidad imperiosa de poner una cámara delante de ellos.
Eso también se percibe en sus intérpretes. Varios de los actores son amateurs y esa falta de profesionalización no siempre desaparece frente a cámara. Pero justamente ahí Vignale y Ferro encuentran algo que difícilmente podría conseguirse con una interpretación demasiado calculada: espontaneidad. Los rostros, las miradas y las reacciones conservan una frescura que hace que Milo se sienta menos como un personaje construido y más como un chico que realmente está descubriendo ese mundo.
La película también juega con lo onírico. La realidad y la fantasía se mezclan, porque para Milo la ciudad no es solamente un lugar físico: es la representación de todo aquello que todavía no conoce y que imagina que puede convertirse en su futuro. El viaje en tren adquiere así una dimensión casi de cuento, pero un cuento que rápidamente empieza a mostrar sus zonas oscuras.
Porque detrás de esa aventura también aparece una reflexión sobre los mandatos familiares, sobre la infancia y sobre esa necesidad de encontrar una identidad propia antes de que otros la definan por nosotros. Milo no solamente quiere convertirse en artista. En ese sentido, el malambo funciona como algo más que una práctica o una tradición. Es también el símbolo de aquello que su padre espera de él. Una disciplina que debería pertenecerle pero que se transforma en una imposición. Escapar de esa casa es, entonces, también intentar escapar de ese destino.
El Tren Fluvial es una película sensible, personal y honesta. Un relato pequeño en su escala, pero amplio en las emociones que busca explorar. Una película que encuentra belleza en sus imperfecciones y que tiene el enorme mérito de no esconder la pasión que existe detrás de su realización. De agarrar las pocas herramientas disponibles y salir a buscar una historia. De encontrar personajes donde otros quizás no miran. De convertir una aventura mínima en una película. Y de hacerlo sin perder esa ingenuidad inicial que, paradójicamente, muchas veces es la que termina empujando a alguien a hacer cine.