Este jueves se estrena la nueva película de Brian Duffield, director de Nadie podrá salvarte y Espontaneo.
Las relaciones entre padres e hijos, especialmente cuando están atravesadas por la violencia, los mandatos y las masculinidades tóxicas, son un territorio que el cine viene explorando desde hace tiempo. En los últimos años, distintas películas volvieron sobre esa necesidad de revisar los vínculos familiares, enfrentarse a las heridas del pasado e intentar encontrar alguna forma de reconciliación. La caída de la ballena, de Brian Duffield, toma ese conflicto conocido y lo lleva a un escenario tan insólito como fascinante: el interior de un cachalote. Lo que podría ser apenas una película de supervivencia se transforma así en una historia sobre el peso de la herencia paterna y las herramientas que recibimos de quienes nos criaron, incluso cuando buena parte de esas enseñanzas estuvieron acompañadas por el dolor.
La película sigue a Jay Gardiner (Austin Abrams), un joven que regresa a la localidad costera donde creció, un año después de la muerte de su padre, Mitt (Josh Brolin). Reconocido buzo de rescate y una figura admirada por los habitantes del pueblo, Mitt dejó una imagen pública que contrasta con los recuerdos de su hijo. Detrás de ese hombre respetado había un padre autoritario, violento en sus formas y obsesionado con preparar a Jay para convertirse en el único varón de una familia integrada también por su madre y sus dos hermanas. La relación entre ambos estuvo marcada por las exigencias y los mandatos, hasta el punto de que la muerte de Mitt no alcanza para cerrar una historia que sigue pesando sobre el protagonista.

Con la intención de recuperar los restos de su padre, cuyo cuerpo nunca fue encontrado, Jay se embarca en una peligrosa inmersión pese a las condiciones climáticas adversas. Pero la búsqueda toma un giro inesperado cuando termina tragado por una enorme ballena. A partir de ese momento, la película se convierte en una carrera desesperada por escapar de un entorno asfixiante, con el oxígeno como recurso limitado y cada decisión como una posible diferencia entre la vida y la muerte. La premisa es tan poderosa como extraña, y Duffield encuentra allí una manera novedosa de llevar a la pantalla un conflicto emocional que, en otras circunstancias, podría haber quedado atrapado en los lugares comunes del drama familiar.
El relato avanza mediante flashbacks que reconstruyen la relación entre Jay y su padre. Esas escenas del pasado no solo permiten comprender el origen del resentimiento del protagonista, sino que también adquieren una función concreta dentro de la aventura: muchas de las enseñanzas que Mitt le transmitió a la fuerza terminan convirtiéndose en herramientas para sobrevivir. Ahí aparece la contradicción más interesante de la película. ¿Qué hacemos con aquello que heredamos de alguien que nos hizo daño? ¿Es posible separar las herramientas que nos sirven de las heridas que nos dejaron? Jay tiene que enfrentarse a esas preguntas mientras lucha literalmente por salir de un lugar que amenaza con devorarlo.
La ballena funciona, entonces, como algo más que un escenario de supervivencia. Es una metáfora del encierro emocional en el que quedó atrapado el protagonista, pero también del pasado que necesita procesar para poder seguir adelante. Duffield, a quien ya conocíamos por Nadie podrá salvarte, vuelve a interesarse por personajes solitarios que deben enfrentarse a una experiencia extrema mientras cargan con aquello que los separó del resto. En aquella película, la protagonista tenía que sobrevivir a una invasión alienígena mientras lidiaba con un hecho traumático de su pasado; aquí, el conflicto se concentra en una relación paterna que sigue condicionando la vida del hijo incluso después de la muerte. En ambos casos, el cine de género funciona como una vía para explorar emociones y culpas que, de otro modo, podrían resultar difíciles de expresar.
En el plano técnico, La caída de la ballena consigue momentos impactantes. La claustrofobia del interior del animal, la oscuridad, la falta de espacio y la urgencia por encontrar una salida construyen una experiencia física que invita a compartir la desesperación de Jay. La pregunta sobre cómo va a lograr escapar sostiene buena parte de la tensión, mientras los recursos que encuentra en ese entorno —incluido el pico de un calamar— alimentan el ingenio de una aventura que parece imposible. Austin Abrams carga prácticamente con el peso de la película sobre sus hombros y responde con una actuación que transmite el agotamiento, el miedo y la desesperación de un hombre obligado a recurrir tanto a su instinto como a los recuerdos que preferiría dejar atrás.
Sin embargo, a medida que avanza, la película a veces pierde algo de esa tensión y se inclina demasiado hacia el costado sentimental. La música y la insistencia en subrayar ciertas emociones pueden volver más evidente una metáfora que ya funciona por sí sola. No todo necesita explicarse ni cada flashback debe reforzar de manera tan directa la reconciliación que propone el relato. Aun así, esos excesos no alcanzan para opacar la potencia de su premisa ni el atractivo de una película que se anima a contar una historia íntima desde un lugar inesperado.
El título también encierra una idea que excede el conflicto de Jay. En términos ecológicos, la caída de una ballena es el proceso por el cual su cuerpo llega al fondo del océano y se convierte en una fuente de alimento capaz de sostener a distintas formas de vida. La imagen funciona como una alegoría del legado: incluso después de desaparecer, algo de nosotros permanece y contribuye a la vida de quienes siguen. La pregunta es qué dejamos atrás y qué hacen los demás con eso que les entregamos. Mitt le transmite a su hijo herramientas para sobrevivir, pero también una carga emocional de la que Jay tendrá que aprender a desprenderse.
La caída de la ballena encuentra en esa contradicción su mayor fortaleza. Porque crecer no consiste necesariamente en repetir las enseñanzas de nuestros padres ni en rechazarlas por completo, sino en aprender a distinguir cuáles nos ayudan a sobrevivir y cuáles nos impiden vivir. Brian Duffield toma una premisa insólita y la convierte en una interesante reflexión sobre los vínculos, la violencia heredada y la posibilidad de reconciliarnos con nuestro pasado sin justificarlo. Una película de supervivencia que termina preguntándose qué hacemos con aquello que recibimos de quienes nos trajeron al mundo y cómo podemos transformar ese legado en algo propio.