Incontrolable (I Swear): el gesto político de visibilizar

Nuestra puntuación

Basada en la vida real de John Davidson, la película de Kirk Jones aborda el síndrome de Tourette evitando el sensacionalismo.

La gran sorpresa de los BAFTA Awards fue el premio a Mejor Actor para Robert Aramayo por su trabajo en Incontrolable (I Swear), la nueva película británica dirigida por Kirk Jones. Un reconocimiento que sorprendió por imponerse sobre nombres más rutilantes, pero que encuentra plena justificación en la intensidad y el compromiso de su interpretación.

La película narra la historia real de John Davidson, diagnosticado con síndrome de Tourette a los 15 años. Lo que sigue es un recorrido por una adolescencia marcada por la incomprensión, el estigma y el maltrato. Antes del diagnóstico, John era una promesa del fútbol juvenil. Arquero talentoso, con un futuro posible. La aparición de los primeros síntomas —tics involuntarios, sonidos, movimientos que no puede controlar— lo despojan no solo de oportunidades deportivas, sino también del reconocimiento y la paciencia de su entorno.

Uno de los aspectos más impactantes del film es la representación de la infancia: el trabajo del joven actor en los primeros tramos es devastador. La confusión, la vergüenza y el desconcierto están filmados con una crudeza que incomoda. La reacción de la familia —la negación, el enojo, la falta de herramientas para comprender lo que ocurre— evidencia el vacío informativo que rodeaba al síndrome en aquel momento.

Robert Aramayo construye un John Davison contenido, vulnerable y progresivamente fortalecido; resignado a convivir con su síndrome, sin demasiadas aspiraciones más que ayudar a su madre, quien también padece los problemas de su hijo. Su actuación es meticulosa, física, exigente. No hay caricatura ni exageración: hay humanidad. A medida que la película avanza, el relato se desplaza hacia el activismo, mostrando cómo Davison convierte el dolor y la exclusión en motor para visibilizar el síndrome de Tourette y generar conciencia pública.

En su evolución serán claves dos personas: la madre de un viejo amigo de la infancia (Maxine Peake), quien padece un cancer terminal y encuentra en ayudar al joven en un refugio para afrontar su enfermedad y la comprensión de un jefe, interpretado magistralmente por Peter Mullan.

En términos formales, Incontrolable (I Swear) es una película clásica, sobria y correcta. No arriesga demasiado en su puesta en escena, pero sostiene el tono con coherencia. Puede resultar más informativa que emocional en algunos tramos, inclinándose hacia la reconstrucción pedagógica antes que hacia el melodrama.

Aun así, su valor radica en esa voluntad de visibilizar. En mostrar la incomprensión que sufrió John Davison en una época en la que el síndrome era poco conocido y frecuentemente malinterpretado. La película no busca golpes bajos, sino claridad.

El premio a Robert Aramayo no solo celebra una gran actuación, sino también la importancia de contar historias que iluminan realidades invisibilizadas. Incontrolable (I Swear) es un film serio, necesario y comprometido. Y su reconocimiento en los BAFTA confirma que, a veces, las sorpresas también son justas.

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