Se estrena en cines argentinos la nueva película de Oliver Hermannus, protagonizada por Paul Mescal y Josh O´Connor.
Si hay algo capaz de transportarnos de inmediato a la infancia, a un amor perdido o a un instante preciso del pasado, es el sonido. La música —como los aromas o los sabores— tiene esa cualidad involuntaria de activar la memoria. Sobre esa idea se construye La historia del sonido, la nueva película de Oliver Hermanus, su segunda producción fuera de Sudáfrica tras Living.
Protagonizada por Paul Mescal y Josh O’Connor, dos de los actores más sensibles de su generación, la película sigue a Lionel Worthing, un joven estudiante de música que asegura “ver” el sonido. En el conservatorio de Boston conoce a David White, con quien comparte una pasión profunda por la música folclórica.
Tras la partida de David a la guerra, una carta reaviva el vínculo: le propone a Lionel emprender un viaje por los bosques de Maine para recolectar canciones tradicionales, registrarlas, preservarlas. Lo que comienza como un proyecto académico se convierte en una travesía íntima, emocional y silenciosa. Entre grabadoras portátiles y voces anónimas que cantan en pequeñas comunidades rurales, el vínculo entre ambos se transforma en amor.

Hermanus construye el relato con un tono delicado, casi susurrado. Los paisajes naturales, los bosques y los caminos abiertos evocan cierto minimalismo que recuerda al cine de Kelly Reichardt, especialmente en First Cow. Hay algo contemplativo, una cadencia que privilegia los silencios y las miradas antes que las grandes declaraciones.
Pero si la primera parte vibra con el descubrimiento y la conexión, lo que sigue es el dolor del desencuentro. Las cartas que no obtienen respuesta, el paso del tiempo, la imposibilidad de encajar en un mundo que no siempre acepta ciertos amores. La película avanza a lo largo de los años, hasta llegar a un Lionel ya mayor, en los años 80, todavía atravesado por la ausencia y la nostalgia.
La música es el corazón del film. No solo como registro etnográfico, sino como espacio emocional. Las canciones folclóricas que recogen funcionan como memoria colectiva, pero también como espejo del propio vínculo entre Lionel y David. En ese sentido, la película dialoga inevitablemente con Brokeback Mountain: el amor contenido, la añoranza, la imposibilidad de vivir plenamente aquello que se siente. Paul Mescal y Josh O’Connor componen personajes sensibles, llenos de silencios y gestos mínimos. Hermanus evita el melodrama explícito y apuesta por la intimidad.
La historia del sonido es un relato delicado y emotivo sobre la música, el amor y el peso de lo que no pudo ser. Una película que entiende que el sonido no solo se escucha: también se guarda, se hereda y, a veces, duele.