La posesión de la momia: Lo que vuelve… y lo que nunca se dijo

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Producida por Blumhouse y James Wan, este jueves llega a los cines la esperada película de terror de Lee Cronin.

Después de revitalizar el universo de Evil Dead Rise, Lee Cronin vuelve a un terreno que ya es marca registrada: la familia como núcleo del horror, al igual que sucedía en su producción anterior y en su ópera prima, The Hole in the Ground. Pero esta vez cambia el eje. Deja de lado el caos desbordado para construir algo más íntimo, más incómodo, más cercano a la herida.

La posesión de la momia sigue a Charlie Cannon (Jack Reynor), un periodista norteamericano que vive en El Cairo junto a Larissa (la española Laia Costa), su esposa – una enfermera— y sus dos hijos, Katie y Sebastián. La pesadilla se rompe cuando se topan con una situación que es la peor pesadilla de todo padre: la desaparición de Katie, de solo 9 años, quien se desvanece sin una explicación y, conforme pasa el tiempo, la familia comienza a darse cuenta de que las posibilidades de volver a verla son cada vez menores.

Ocho años después, cuando la esperanza ya estaba por los suelos, la familia recibe la noticia de que Katie fue encontrada y se apresuran para ir a reencontrarse con ella, sin saber que lo que van a encontrar es completamente inesperado. Katie es encontrada dentro de un sarcófago antiguo, ya no es la niña a la que recuerdan y, dentro de ella, hay algo oscuro que las pone a todas en peligro.

Ese regreso es el verdadero núcleo de la película. Porque lo que hace Cronin no es construir un relato de terror clásico. El padre, periodista, acostumbrado a narrar la realidad, se enfrenta a algo que no puede explicar. La madre, ligada al cuidado, al cuerpo, al dolor físico, empieza a percibir que hay algo roto en esa hija que regresó. Y en el medio, el silencio, los reproches. Porque si algo atraviesa toda la película es lo que no se dice. Hay culpas, hay tensiones previas, hay una familia que ya estaba quebrada antes de lo sobrenatural. Lo demoníaco no llega a destruir: llega a exponer.

Cronin construye un relato fragmentado, casi como un rompecabezas emocional, donde cada pieza —cada mirada, cada gesto— nos acerca a un climax que ya intuimos desde el comienzo. Hay ecos de La Profecía en la forma de narrar el drama de esos padres que saben que su hija esconde algo siniestro; también una estética gore y una frenética forma de filmar los momentos más aterradores que nos acerca al universo de Sam Raimi (Drag me to hell y Evil Dead, sobre todo), pero también una fuerte influencia de El Exorcista en la iconografía y en la idea del cuerpo como campo de batalla.

Y es justamente en el cuerpo donde la película encuentra sus momentos más perturbadores. La boca, los dientes, la lengua. Todo lo vinculado a lo oral está constantemente presente. No es casual. La comunicación, el lenguaje, lo que se dice y lo que se calla. Las escenas más incómodas, más físicas, más aterradoras, pasan por ahí. Porque en La posesión de la momia el horror no es solo lo que vemos, sino lo que intenta salir. Lo que se quiere decir y no puede. Lo que se pudre desde adentro.

En paralelo, una detective (May Calamawy) comienza una investigación en Egipto, buscando dar respuestas, ampliando el universo hacia algo más cercano a The Conjuring. Quizás ahí la película pierde algo de foco, pero también gana ambición, porque encuentra en ese personaje un montón de aristas para seguir explorando y expandir el universo: ¿Por qué se suceden tantas desapariciones?, ¿Qué otras maldiciones habitan en Egipto?.

Quizás algunos salgan decepcionados porque el film no es tan visceral, ni tan desatada como Evil Dead Rise. Pero está bien que así sea, hay escenas que provocan desagrado, pero Cronin apuesta a otra cosa: a un terror más realista, más psicológico, donde la tragedia familiar pesa más que lo sobrenatural, al estilo Bring Her Back.

La posesión de la momia se mueve entre el thriller policial y el gore visceral, capturando tanto a los amantes del suspenso y la intriga como a quienes buscan el impacto de escenas crudas y perturbadoras. Pero detrás de esa superficie también late un drama familiar: una película sobre el regreso y, sobre todo, sobre la imposibilidad de volver a ser lo que éramos. Sobre la fe, la culpa y unos vínculos que, incluso antes del horror, ya estaban profundamente quebrados.

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