Este jueves se estrena en cines la nueva película de Osgood Perkins, director de Longlegs y El Mono, entre otras.
Con cada película, Osgood Perkins parece empeñado en incomodarse a sí mismo y al espectador. No repite fórmulas, no se queda en lo que ya le funcionó. Le interesa correr el eje, buscar nuevas formas dentro de un género históricamente trillado como el terror. Líbralos del Mal vuelve a dialogar con algunos de sus motivos recurrentes —la casa como espacio de amenaza, los vínculos afectivos atravesados por el miedo, la arquitectura que encierra y oscurece— pero los desplaza hacia un terreno más difuso, más sensorial y profundamente inquietante.
Acá el horror no se siembra solo en una casa, sino en el bosque. En lo que crece, en lo que se pudre, en los hongos, en lo que altera la percepción. Tatiana Maslany —actriz recurrente en el universo Perkins— interpreta a una mujer que se retira unos días a una cabaña perdida en medio de la nada junto a un hombre (Rossif Sutherland) al que conoce hace un año, pero del que en realidad no sabe casi nada: no sabe si es casado, si hay otras, si es quien dice ser. Esa falta de certezas es clave. Desde el inicio, la película trabaja sobre una sensación de amenaza blanda, cotidiana, casi íntima.

De a poco aparecen otros personajes: un primo vecino, extraño y desbordado; una mujer modelo; presencias que entran y salen del relato como si no terminaran de pertenecer al mismo plano de realidad. Y ahí Perkins empieza a tensar el juego: nunca queda claro si lo que vemos es producto de las drogas, de los hongos que habitan ese bosque, de un estado alterado de conciencia, o si efectivamente hay algo antiguo, tenebroso y vivo acechando entre los árboles.
La película también juega con el tiempo, pero lo hace con mucha sutileza. No como un gran dispositivo narrativo, sino como una capa más del terror. La violencia masculina parece repetirse, filtrarse, heredarse a través de distintas épocas. Pasado y presente se superponen como en un mal sueño. Perkins no lo explica ni lo subraya: lo deja actuar dentro de ese espacio onírico donde todo se contamina, donde las imágenes pesan más que las respuestas.
En ese sentido, Líbralos del Mal propone un horror que se corre del impacto fácil. Hay una inventiva notable en las criaturas del bosque, en los cuerpos, en las formas. Un terror que dialoga más con el horror oriental y coreano, con ese tipo de pesadilla donde lo inquietante nace de lo inexplicable, de lo que no termina de mostrarse ni de entenderse del todo.
La resolución puede no ser la más contundente, pero el viaje importa más que la llegada. Lo visual, las imágenes pesadillescas que se sostienen hasta el final, la atmósfera espesa y la coherencia de ese mundo torcido hacen que la película funcione como otra búsqueda interesante dentro de la filmografía de Perkins. Una más.
Como casi siempre en su cine, el verdadero monstruo es el hombre, y las mujeres cargan con el costo. No como consigna, sino como constatación incómoda. Líbralos del Mal no viene a reinventar el género – hay ecos de Men de Garland y La Casa Oscura de David Bruckner – pero sí a recordarnos que todavía hay formas creativas, arriesgadas y personales de habitarlo. Y Osgood Perkins sigue demostrando que es un director al que vale la pena seguir mirando, incluso —o sobre todo— cuando no todo cierra.