Resident Evil: Noche Cero: el horror vuelve a empezar

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Dirigida por Zac Cregger, este jueves se estrena en cines la adaptación cinematográfica del clásico juego de Play Station creado por Capcom.

Con apenas dos películas, Barbarian y Weapons, Zach Cregger se transformó en una de las voces más prometedoras del cine de terror contemporáneo. Un director que encontró una manera muy particular de combinar género y estilo con crítica social, sin caer nunca en ese cine de terror que parece necesitar explicarle al espectador qué es lo que está viendo. Por eso, cuando se anunció que Cregger iba a hacerse cargo de una nueva película de Resident Evil, la elección resultaba, cuanto menos, curiosa. ¿Qué tenía que ver el director de Barbarian y Weapons con una franquicia nacida de un videojuego de Capcom que ya había tenido una extensa y bastante irregular vida cinematográfica?

La respuesta aparece rápidamente cuando uno ve Resident Evil: Noche Cero: Cregger es, antes que nada, un fanático de los videojuegos. Y esa condición se siente en cada plano. Pero lo interesante es que no se limita a reproducir elementos reconocibles de la saga, sino que entiende qué hace funcionar a Resident Evil como experiencia de terror. En lugar de intentar continuar o corregir las películas anteriores, Cregger propone una historia nueva que toma el universo del videojuego como punto de partida y construye a partir de ahí su propia criatura.

La película sigue a Bryan (Austin Abrams), un joven que trabaja transportando órganos humanos hacia distintos hospitales y centros médicos. Luego de entregar uno en un hospital, recibe un encargo especial: llevar algo que no conoce hasta Raccoon City, para eso deberá atravesar un largo caminino de nieve y montaña. La paga es el doble de lo habitual y la propuesta resulta demasiado tentadora como para rechazarla. El problema es que, durante el trayecto, Bryan atropella a una misteriosa mujer. Y a partir de ese momento, lo que parecía un simple viaje se convierte en una carrera desesperada por sobrevivir.

La estructura es sencilla: un personaje tiene que llegar de un punto a otro y, en el camino, todo se va yendo progresivamente al carajo. Y es justamente ahí donde Cregger encuentra una de las mayores virtudes de la película. Resident Evil: Noche Cero no se detiene demasiado a explicar. Avanza. Y avanza con una velocidad que la convierte por momentos en un auténtico shoot ‘em up cinematográfico (hay mucha cáma subjetiva), donde Bryan deberá conseguir armas, cambiar de estrategia, administrar recursos y enfrentarse a una galería cada vez más delirante de criaturas.

Pero debajo de esa dinámica de videojuego aparece el Cregger más reconocible: el amante del body horror. Hay algo de The Thing, de John Carpenter, y también de La mosca, de Cronenberg, en esa fascinación por cuerpos que mutan, criaturas deformadas, parásitos y organismos que convierten lo humano en algo monstruoso, pero también la saga Alien se hace presente, con un momento de vómito acido. El universo de Resident Evil siempre tuvo esa dimensión biológica y corporal, y Cregger aprovecha esa característica para construir algunas de las imágenes más desagradables y divertidas de la película.

Ratas infectadas, perros, criaturas infantiles, bebés, lluvias de humanos cayendo de edificios y diferentes formas de mutación aparecen a lo largo de una película que entiende perfectamente que el horror también puede ser absurdo. Y ahí entra otro de los grandes aciertos: el humor. Los gags aparecen integrados dentro de la acción y muchas veces funcionan precisamente por repetición. Hay un chiste alrededor de los candados que se transforma en un gag recurrente y que resume bastante bien el espíritu de la película: esa obsesión del videojuego por intentar abrir todo a los tiros acá directamente se convierte en parte del chiste.

Austin Abrams carga prácticamente con todo el peso de la película. Su Bryan es un protagonista físico, torpe por momentos, ingenuo y completamente desbordado por una situación que no entiende. Abrams consigue que el personaje funcione tanto en las escenas de acción como en ese humor corporal que Cregger utiliza constantemente. Y esa combinación termina siendo fundamental para que la película nunca pierda su tono juguetón incluso cuando el horror se vuelve bastante salvaje.

Quizás lo más llamativo sea que Cregger abandona parcialmente esa mirada de crítica social que atravesaba Barbarian y Weapons. Hay algunas ideas dando vueltas alrededor de la responsabilidad, la paternidad y la necesidad de hacerse cargo de los vínculos, pero esta vez no parecen ser el centro. El director parece mucho más interesado en jugar con el material, homenajear al cine de terror que lo formó y, sobre todo, hacer una película de Resident Evil que él mismo hubiera querido ver como espectador.

Y funciona. Resident Evil: Noche Cero es una película completamente entretenida, acelerada, sangrienta y llena de referencias para quienes conocen los videojuegos, pero que también puede disfrutarse simplemente como una película de terror y supervivencia. Cregger consigue algo bastante difícil: meterse dentro de una franquicia enorme sin perder completamente su identidad. El resultado tiene el espíritu del videojuego, el body horror del cine de los 80 y ese humor absurdo que aparece cuando todo parece estar a punto de explotar.

Y después está ese final. Un final que abre una puerta enorme y que deja la sensación de que esto puede ser apenas el comienzo de algo mucho más grande. Si Resident Evil: Noche Cero es el puntapié inicial de la nueva etapa cinematográfica de la saga, Cregger acaba de demostrar que entendió algo fundamental: para volver a hacer funcionar a Resident Evil no hacía falta olvidarse del videojuego, sino recordar por qué alguna vez nos dio miedo jugarlo.

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